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Tribunas

Seguridad alimentaria

Disminuir Aumentar

J.J. Rodríguez Jerez

Grisc – Grup de Recerca en Gobernança del Risc (UAB)

Bollería industrial: ¿un riesgo real?

27 de abril de 2010


Foto: Beat  Küng
¿Prohibir la bollería a los menores, como si de tabaco o alchool se tratara? Esta  propuesta se ha planteado en varias ocasiones. Si bien los alimentos demasiado grasos, o con elevadas concentraciones de sal o de azúcar, son el origen de agunos de los principales problemas de salud, las normativas que buscan impedir su consumo son polémicas: tienden a igualar la ingesta de calorías excesivas al consumo de drogas.

Estas cuestiones que se están planteando relacionan directamente la obesidad con la aparición de enfermedades como la diabetes, la hipertensión, las enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares y el cáncer. Por tanto, una dieta excesivamente energética se considera hoy un peligro de origen alimentario, puesto que cerca del 50% de la población de nuestro país padece sobrepeso u obesidad o corre el riesgo de padecerlo con los años. Todo ello nos lleva a considerar la alimentación como un riesgo de primer orden dentro de la seguridad alimentaria.

Cada vez está más claro que el consumo excesivo de grasas saturadas, insaturadas del tipo trans, azúcar y sal producen problemas para la salud cuando se produce un consumo excesivo durante largos períodos de tiempo. Ante esta situación, una de las propuestas es tratar estos alimentos como tóxicos y empezar a propugnar su control. Esta situación es imposible de imaginar a día de hoy, ya que, si hay que prohibir cada alimento con riesgo de ser poco saludable, al final se hará muy complicado comer algo. Quizás sería mucho mejor informar y permitir que el consumidor decidiera. Este punto es controvertido, puesto que hay muchas opiniones, generalmente contrapuestas, lo que hace muy difícil llegar a un consenso. Con toda probabilidad, la solución pasa por la presentación del problema y el debate conjunto entre administraciones, empresas alimentarias y consumidores, para poder construir una estrategia concreta de solución a futuro.

De nuevo aquí se genera la duda de qué hacer con (o mejor dicho, cómo incluir a) los consumidores. Consumidores somos todos, y el consumidor es el elemento imprescindible en el hecho alimentario. Es éste quien, con su elección, hace que un tipo de alimento tenga éxito o no. Por este motivo, es primordial educar al consumidor para que modifique sus hábitos. En este sentido, es muy importante la implicación de referentes sociales como pueden ser deportistas, investigadores, médicos y profesionales en general, que consigan crear un mensaje continuado y homogéneo que cale poco a poco en la población.

Otro aspecto importante es que una parte significativa de la población infantil sufre sobrepeso y obesidad (con frecuencias próximas al 40%, en especial en algunas comunidades autónomas, como es el caso de las Islas Canarias). Este hecho pone de manifiesto que hay que hacer un esfuerzo real por educar a la población infantil y adolescente en la importancia de una buena alimentación; corregir la dieta implica una mejora apreciable en las expectativas de salud, y a esas edades se está a tiempo de corregir los hábitos.

Alimentación en niños y jóvenes

Los beneficios de una alimentación saludable pueden notarse tras los primeros tres mesesUna de las evidencias más claras de la existencia de una relación entre dieta y riesgo para la salud es la señalada por el estudio Predimed, que mostró cómo una dieta suplementada con aceite de oliva virgen y algunos frutos secos disminuye entre un 40% y un 50% los factores que causan las enfermedades cardiovasculares. Además, esto no demanda toda una vida siguiendo de una dieta concreta, sino sólo que las personas adapten su alimentación. Los beneficios de una alimentación saludable pueden notarse tras los primeros tres meses.

Como ya se ha comentado, una primera intención podría ser la de prohibir la comercialización de alimentos inadecuados, especialmente bollería industrial y las golosinas. De hecho, en España se está planteando la posibilidad de considerar estos productos como un alimento a prohibir en los espacios docentes, como pueden ser los colegios e institutos. A modo de ejemplo, sería lo mismo que la prohibición de consumo de alcohol en las áreas de servicio o a menores de edad.

Sin embargo, existen ejemplos de prohibiciones que se han mostrado del todo ineficaces. El mayor intento de prohibición alimentaria se dio durante el mandato de Elena Salgado como ministra de Sanidad, quien emprendió una especie de cruzada contra la venta de hamburguesas hipercalóricas. La experiencia no pudo ser más negativa. El intento de prohibición se tradujo en una publicidad gratuita para la cadena de comida rápida afectada y, curiosamente, en un incremento importante de las ventas de esta compañía. La reacción llegó hasta tal punto que se lanzaron al mercado productos aún más ricos en calorías, lo que, sin duda, ayudó a agravar el problema.

Esta situación nos debería enseñar que prohibir sólo debería implicar no tener un alimento accesible en determinadas zonas, y también que una prohibición estimula el deseo de consumo y, en consecuencia, aumenta el riesgo. Muchas veces se ha hablado de esta situación, cuya solución pasaría por la educación nutricional. Esta sí podría ser una vía de trabajo, pero centrando su aplicación en los centros educativos y el entorno doméstico. De nada sirve que en un colegio se haga un día de formación alimentaria si luego, en casa, lo primero que hacemos es ofrecer a los jóvenes alimentos hipercalóricos sin ningún control.

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