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Giovanni Volpe

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El juego de la ciencia

10 de febrero de 2010


Foto: Brooks  Elliott
La investigación científica requiere tiempo y esfuerzo. Aún así, tiempo y dinero son cada vez más un lujo para los jóvenes científicos que buscan gloria perpetua o simplemente un trabajo. Stuttgart se presenta en esta tribuna como el paradigma de una ciudad donde se mezclan ambición, fraude científico y, finalmente, degradación. Es la historia del joven científico llamado Jan Hendrik Schön.

Este nombre resuena en la cabeza de todo científico. De forma breve: Schön era un joven científico del sur de Alemania (donde se sitúa Stuttgart). En 1997 obtuvo su doctorado en la Universidad de Konstanz, a unos 170 kilómetros al sur de dicha ciudad. Después comenzó a trabajar para Bell Labs en Murray Hill (Nueva Jersey, Estados Unidos). En ese momento, Bell Labs era una de las instituciones de investigación con más renombre del mundo, el lugar de nacimiento de algunas de las tecnologías más revolucionarias, desde el transistor hasta el sensor CCD (de charge-coupled device), y de algunos de los descubrimientos más innovadores, como la radiación cósmica de fondo.

A lo largo del tiempo, muchos de estos logros han sido premiados con varios premios Nobel, el más  alto honor en ciencia.  Por cierto, como consecuencia de la recesión económica asociada con la burbuja de las punto com, ahora Bell Labs se ha convertido en parte de la rama de investigación Alcatel Lucent y se ha visto obligada a reducir su tamaño, lo que le ha hecho perder su papel prominente.

Sigamos. Schön empezó trabajando en una institución con buena reputación en el grupo liderado por Bertram Batlogg, quien contaba con una sana y estable prestigio entre la comunidad científica, por todos los logros obtenidos en el campo de la superconductividad durante los 20 años anteriores. Batlogg asignó a Schön una labor muy ambiciosa: demostrar que algún material plástico podía conducir la electricidad. 

Tiempo y dinero son cada vez más un lujo para los jóvenes científicos Paren un momento y piensen lo formidable que sería poder llevar a cabo tal labor. Por regla general, el plástico es un aislante (y solemos hacer buen uso de tal propiedad, por ejemplo, en el revestimiento de cables eléctricos). ¿Cómo podría ser un conductor? Batlogg había teorizado una estrategia. Con la ayuda de Christian Kloc, produjo varios cristales de plástico; esperaba que la estructura ordenada de estos cristales permitiera al plástico conducir electricidad.

Schön, como cualquier joven investigador, anhelaba el éxito. Sin embargo, la naturaleza no parecía estar dispuesta a ajustarse a las expectativas de Batlogg. Y es aquí donde las cosas empezaron a tomar una dirección equivocada. Después de varios intentos desafortunados, y tras apreciar la decepción de sus compañeros,  el joven científico adoptó una nueva estrategia: fabricar los datos que necesitaba para mostrar el efecto deseado. Hizo un trabajo tan bueno que pronto consiguió publicar un artículo científico en Nature, la revista científica más prestigiosa junto con Science, un gran logro para cualquier científico. Para situarlo en la perspectiva correcta, en palabras de Roger Highfield, editor de ciencia en el London Daily Telegraph, “la mayoría de científicos matarían a su abuela para entrar en Nature o Science”.

Entre la euforia general, Schön generó datos nuevos y nuevos artículos en Nature. Y también en Science, con nuevos y más sorprendentes resultados: una media de un artículo científico cada 8 días en 2001, con un ritmo de producción del todo acelerado. Gracias a estos resultados, Schön ganó varios premios, hasta que se le ofreció un puesto como director del Instituto Max Planck, en Stuttgart.

Pero la suerte ya no estaba del lado de Schön. Varios científicos advirtieron incongruencias en sus artículos, por las que comenzaron a pedir explicaciones. Así, Bell Labs abrió una investigación. El 25 de septiembre de 2002, el comité hizo público su informe, en el que se constataba la mala conducta científica de Schön y se le retiraban los artículos. Es interesante, quizás sorprendente, que ninguno de los coautores de Schön fue declarado culpable. Se había restablecido el statu quo científico.

Llegamos al epílogo de la historia: la Universidad de Konstanz privó a Schön de su doctorado, y el renacido científico desapareció de la comunidad científica. Hay voces que lo localizan en una empresa, quizás de nuevo en Stuttgart, trabajando en algún tipo de consultoría sobre ingeniería.

Eugenie Samuel Reich ha escrito recientemente un libro con más detalles sobre la historia, con un título emblemático: Plastic Fantastic: How the Biggest Fraud in Physics Shook the Scientific World. (Plástico Fantástico: Cómo el Mayor Fraude en Físicas Conmocionó al Mundo Científico). Curiosamente, el libro está editado por una compañía del mismo Grupo Macmillan, dueños de Nature. Aún más curioso, Macmillan pertenece a  Georg von Holtzbrinck GmbH, grupo editorial de nuevo situado en Stuttgart. Por supuesto, es tan sólo una graciosa coincidencia. 
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