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Seguridad Alimentaria

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La sempiterna crisis de las dioxinas

El reciente cierre preventivo de 4.700 explotaciones agrícolas en Alemania, principalmente avícolas y porcinas, ha reabierto el debate de la contaminación por dioxinas. Se discuten aspectos tan centrales como los umbrales de toxicidad, cómo reducir los niveles de exposición o cómo mejorar el control en los procesos productivos

XAVIER PUJOL GEBELLÍ | 14 DE ENERO DE 2010


El del Agente Naranja es uno de los dos únicos episodios de los que se
han obtenido pruebas fehacientes sobre el verdadero impacto de las
dioxinas sobre la salud


El Gobierno Federal alemán, en una crisis todavía no resuelta, decretó recientemente el cierre preventivo de 4.700 explotaciones agrícolas tras haber detectado niveles de contaminación por dioxinas que superaban, en algunos casos, hasta 77 veces las concentraciones establecidas como admisibles por la Organización Mundial de la Salud (OMS). No es la primera vez que Alemania se ve sacudida por una crisis de estas características ni tampoco es la primera ocasión que la Unión Europea debe hacer frente a una contaminación alimentaria potencialmente tóxica por dioxinas.

Periódicamente, como atestiguan episodios anteriores como los vividos en Bélgica u Holanda, saltan a la palestra granjas de pollos, cerdos o bovinos que deben ser clausuradas cautelarmente por este motivo, además de miles de animales que deben ser sacrificados e incinerados para cortar de raíz cualquier posibilidad de extensión del agente contaminante.

En la mayor parte de los casos agudos de contaminación por dioxinas, como ha sido el actual en Alemania, la causa debe buscarse en incidentes asociados a la alimentación de los animales de granja. Casi siempre, debido a piensos en los que se han mezclado grasas orgánicas previamente contaminadas. Y aunque se trata de episodios que causan un gran impacto, tanto a nivel social entre los consumidores como económico entre los productores, entre los expertos provoca mayor preocupación una contaminación mucho más difusa pero probablemente más alarmante a largo plazo: la ingesta diaria de dioxinas.

A pesar de la alarma generada, entre los expertos preocupa más la ingesta diaria de dioxinasPor ínfimas que sean las dosis, no dejan de ser compuestos bioacumulativos que se depositan en los tejidos grasos, lugar desde donde pueden desencadenar su actividad tóxica. No en vano, según estimaciones de la OMS, el 90% de la exposición a dioxinas procede de la dieta. Y un 80%, de alimentos de origen animal.

Dioxina y dioxinas

Pese a la alarma que suele causar cualquier episodio de contaminación por este compuesto, lo cierto es que existen dudas razonables acerca de su verdadero impacto sobre la salud. Se sabe que exposiciones agudas a altas concentraciones pueden provocar desde problemas neurológicos hasta afecciones graves en la piel o incluso de carácter teratógeno. En estas condiciones, además, las dioxinas pueden comportarse como un potente carcinogénico.

A pesar de todo, sólo se han obtenido pruebas fehacientes en humanos de dos episodios concretos. El primero, durante la Guerra de Vietnam y el uso indiscriminado del defoliante conocido como Agente Naranja usado por el ejército norteamericano para esclarecer la selva. El segundo corresponde al tristemente famoso accidente de Seveso, en Italia, donde una explosión en una factoría produjo la liberación de gases clorados con altas concentraciones de dioxina.

A excepción de estos dos casos, el resto de efectos tóxicos agudos de las dioxinas se han obtenido por extrapolación con animales de laboratorio. El problema es que no existe una única dioxina, sino varias. Y que no todas presentan el mismo grado de toxicidad y que un mismo compuesto puede ser letal en un cobaya pero no en un roedor.

Se desconoce su verdadero impacto y no todas las dioxinas presentan el mismo grado de toxicidadEl caso es que las dioxinas forman una amplia familia de compuestos de diversa o incluso nula toxicidad. La más tóxica de todas las formas conocidas es la 2,3,7,8-tetracloro-dibenzo-p-dioxina (2,3,7,8-TCDD). Pero hay 22 posibles isómeros de las dibenzo-p-dioxinas tetracloradas, y hasta 75 posibles congéneres de las dibenzo-p-dioxinas policloradas (PCDD).

Todas ellas son productos artificiales. Se forman en tratamientos térmicos de síntesis o destrucción de compuestos orgánicos que incorporan cloro en su composición. Es el caso de algunos herbicidas y fungicidas o materiales fabricados con PBC (prohibido desde hace ya más de dos décadas) o los PVC, todavía en uso.

Como fuentes emisoras destacan las incineradoras de residuos urbanos y hospitalarios, las fábricas de papel que utilizan cloro como blanqueante o las refinadoras de metales. Por lo general, se dispersan en la atmósfera tras los tratamientos térmicos, factor que explica su enorme ubicuidad. Pero no es raro encontrarlas en residuos de estos u otros procesos, especialmente en aceites dado su carácter hidrófilo.

De la granja al plato

La pregunta clave en el caso del escándalo de las granjas alemanas es cómo llegaron las dioxinas a las granjas. Y la respuesta es a través de piensos contaminados producidos presumiblemente por la firma Harles&Jentzsch. Yendo más atrás, el origen de la contaminación estaría en el uso fraudulento de residuos tóxicos procedentes de la producción de biodiesel que se habrían mezclado con grasas animales empleadas en la producción de 150.000 toneladas de piensos. Su distribución habría empezado 10 meses atrás.

El largo periodo de exposición es lo que ha provocado la ingente cantidad de cierres preventivos. Y pese a que es seguro que hubo consumidores que superaron las dosis consideradas como admisibles, hasta el momento no han salido a la luz pública casos de afectados humanos. De acuerdo con los expertos, habrá que esperar un tiempo para ver si hay afecciones vinculadas.

EL VALOR DE LA TRAZABILIDAD
La Unión Europea, a través de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, establece mecanismos de control que permiten seguir el curso de un alimento comprado en cualquier superficie comercial hasta su origen primario. Este mecanismo, denominado trazabilidad, permite identificar desde pasta envasada hasta huevos, carnes o pescados. Gracias a él ha sido posible no sólo identificar a las granjas sino llegar, por derivación, a la empresa suministradora de los piensos y establecer el origen de la contaminación. El largo tiempo transcurrido desde que entraron las dioxinas en el circuito alimentario hasta que se formuló la alerta, 10 meses, ha motivado sin embargo críticas contundentes desde organizaciones de consumidores que sospechan de fraude alimentario y encubrimiento por parte de las autoridades alemanas.

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