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Ciencia para presidentes

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Salud pública

Disminuir Aumentar

El negocio de definir la enfermedad

La participación de las compañías farmacéuticas en la definición de una enfermedad es una fórmula contrastada para aumentar el número de enfermos que precisan asistencia médica y tratamiento. Las farmacéuticas defienden así sus legítimos intereses financieros. Pero estos intereses pueden significar un gasto sanitario innecesario y un problema de salud pública.

GONZALO CASINO | 28 DE SEPTIEMBRE DE 2010


La llamada disfunción sexual femenina es un caso de libro de un grave problema de salud pública: la creación de una enfermedad por intereses económicos. El fenómeno no es nuevo, pero este caso es uno de los más claros y mejor documentados, gracias a las investigaciones realizadas por el periodista y profesor australiano Ray Moynihan desde hace casi una década.

Como se ha venido documentando en estos años, principalmente en el British Medical Journal (BMJ), la creación de la disfunción sexual femenina como enfermedad ha sido planificada al alimón por la industria farmacéutica y una larga lista de expertos médicos con vínculos económicos con dichas compañías. ¿Si el tratamiento de la disfunción eréctil con el sildenafil (Viagra) ha sido un gran negocio, por qué no puede serlo también la disfunción sexual femenina? ¿O es que acaso los problemas sexuales sólo afectan al varón?

Con este razonamiento, la industria farmacéutica ya organizó reuniones en 1997 (antes de la salida al mercado de la Viagra, en 1998) en la que estos expertos médicos comenzaron a pulir la definición de la disfunción sexual femenina para crear un mercado farmacéutico comparable al de la Viagra, según detalla Moynihan en su artículo La creación de una enfermedad: la disfunción sexual femenina, publicado el 4 de enero de 2003 en BMJ.

Adiós a la frigidez

Un hito importante en la construcción de esta enfermedad, que ponía tierra de por medio respecto al impreciso y vulgar concepto de frigidez, fue la aparición de un estudio sobre la prevalencia del trastorno. El artículo, publicado el 10 de febrero de 1999, en el Journal of American Medical Association (JAMA), precisaba que la disfunción sexual femenina afecta al 43% de las mujeres de entre 18 y 59 años, y que es más frecuente que la masculina (31%).

Como ha documentado Moynihan, este 43% sale del reanálisis de una encuesta realizada a 1.500 mujeres en 1992 en la que se preguntaba si habían experimentado en el último año, durante dos meses seguidos, siete problemas sexuales, como falta de deseo sexual o ansiedad por su rendimiento sexual. Con sólo responder afirmativamente a uno de los siete problemas, la encuestada ya pasaba a engrosar el grupo de las que sufrían disfunción sexual femenina. Aunque en el artículo se advertía de que estos datos no equivalían a un diagnóstico médico, la prevalencia del 43% se ha venido utilizando desde entonces para reflejar la importancia de esta nueva enfermedad.

Vínculos económicos

“Es importante recordar que las compañías farmacéuticas no escriben las definiciones de la enfermedad, pero muchos de los médicos que las escriben lo hacen con bolígrafos que llevan el logotipo de algún laboratorio. Demasiados médicos y paneles de expertos que escriben las definiciones de enfermedad están demasiado próximos a los laboratorios”, me decía Moynihan en un correo electrónico hace un año.

El pasado 15 de septiembre, en una conferencia pronunciada en el Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona (PRBB), el periodista australiano explicó estos y otros pormenores sobre la disfunción sexual femenina que detalla en un nuevo libro, Sex, Lies, and Pharmaceuticals: How Drug Companies Plan to Profit from Female Sexual Dysfunction, que sale a la venta el 1 de octubre.

La frontera de la normalidad es muy caprichosa y depende de la definición de enfermedadEstá claro que no hay, ni mucho menos, un 43% de mujeres necesitadas de tratamiento. Pero la línea que separa la salud de la enfermedad es así de arbitraria. Cuando se trata de una enfermedad infecciosa, un cáncer u otro proceso grave, no suele haber dudas. Pero en otros casos la frontera de la normalidad es muy caprichosa y depende de la definición de enfermedad. Cuanto más se mueva el listón hacia el lado de la normalidad, habrá más enfermos que necesitarán asistencia y tratamiento.

Un ingenioso método para ampliar los márgenes de la enfermedad ha sido inventarse el concepto de preenfermedad, que encaja como anillo al dedo en aquellas dolencias cuyo diagnóstico rebasa un cierto límite que puede medirse con una prueba médica. Este es el caso de la diabetes, la hipertensión, la osteoporosis o el colesterol. La definición de estos procesos se revisa con regularidad, y curiosamente la línea divisoria está cada vez más cerca de la normalidad.

LA SALUD COMO ESTADO UTÓPICO

“La medicina ha avanzado tanto que ya nadie está sano”. Esta frase de Aldous Huxley se ha convertido con el paso del tiempo en casi una profecía. Huxley murió hace ya casi medio siglo, pero desde entonces ha arraigado con inusitada virulencia una cierta manera de entender la salud como un estado utópico: las personas sanas no existen y si aparentemente lo están es porque no se les han hecho suficientes pruebas o cuestionarios médicos. Para considerar a una persona como enferma sólo hace falta que encaje en una definición de enfermedad (o de preenfermedad), ya sea dando positivo en ciertas pruebas o cumpliendo ciertos criterios diagnósticos, que suelen ser arbitrarios.

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