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La receta alemana contra la crisis

Desde el inicio de la crisis, los expertos no se han cansado de repetir que la mejor manera de paliar sus efectos y evitar impactos negativos en el futuro es invertir más y mejor en actividades de investigación, desarrollo e innovación. Pese a ello, sólo algunos países han iniciado de forma decisiva esta misión. Alemania, de la mano de pactos internos ampliamente consensuados orientados a incrementar la excelencia en investigación y reformar parcialmente el sistema educativo, es hoy por hoy el mejor ejemplo europeo.

Xavier Pujol Gebellí | 10 DE AGOSTO DE 2010


En la República Federal Alemana, la alarma ante una previsible crisis no saltó como en el resto del mundo por la debacle financiera que acabaría haciendo explotar la burbuja inmobiliaria  y especulativa internacional. Aunque inevitablemente se ha visto arrastrada por ella, la luz roja se encendió hace cerca de cinco años al constatar una pérdida de competitividad de sus empresas y apercibirse de que el intensivo esfuerzo chino en I+D estaba empezando a dar frutos no en productos de consumo masivo sino también de alta tecnología. El tradicional liderazgo mundial en exportaciones de los productos alemanes ya ha sido superado por los chinos. Y en términos absolutos, el esfuerzo inversor en I+D del gigante asiático ya ha alcanzado a Europa y se prevé que en un lustro alcance a Estados Unidos.

En opinión de Peter Gruss, presidente de la Max Plank Society, si a la pérdida de competitividad y de éxito comercial se le suman los problemas demográficos, el futuro podría parecer incluso más negro. “Hay que invertir en cerebros”, señaló en una entrevista concedida recientemente a este corresponsal. La fórmula, según el mandatario germano, no es otra que reforzar y “hacer más atractivo” la base de cualquier sistema que se precie de competitivo. Esto es, el sistema de I+D en su sentido más amplio y, de forma paralela, replantear el modelo educativo.

Cinco años atrás, en un proceso que se adivina continuo, la anticipada respuesta tomó cuerpo en forma de pacto por la investigación y por la excelencia en educación y ciencia, tanto básica como aplicada.

Sistema estructurado

Pocos esquemas hay como el alemán tan fuertemente estructurados. A través de una densa red de centros, interconectados entre sí, las tres vertientes clásicas de la investigación, básica, orientada y aplicada, se encuentran representadas y dotadas económicamente con un presupuesto que alcanza el 2,6% del PIB germano.

Los brazos armados de la ciencia básica son, por un lado, la Universidad, que cuenta actualmente con una importante parte del 7% de inversión del PIB que dedica Alemania a educación. De otro lado, la Max Plank Society, que va a contar con incrementos adicionales del 5% anual a su presupuesto, lo que va a significar unos 250 millones de euros más para el periodo 2010 a 2015. Para las universidades, la definición de fórmulas de excelencia, con presupuestos adicionales para aquellas instituciones que acrediten su fortaleza y competitividad internacional, debería permitir su mejora en el medio plazo. “Nuestras universidades deben ser atractivas para el talento local y también para el talento extranjero”, sostiene Gruss.

La ciencia aplicada se organiza a través de los institutos tecnológicos Fraunhofer, que reciben gran parte de su presupuesto operativo de colaboraciones con la industria, mientras que la ciencia orientada, definida a partir de criterios del gobierno central en áreas consideradas clave o estratégicas, se canaliza a través de la enorme red de centros Helmholtz. Para la Max Plank Society se reserva la ciencia de frontera o de excelencia.

La suma de todas estas organizaciones, más el compromiso con una industria que invierte los dos tercios de la I+D alemana, debería traducirse, según Gruss, en la oportunidad de aumentar un modelo de innovación incremental característico en este país, así como abrir las puertas a “avances disruptivos” nacidos de la ciencia, con independencia de su orientación.

Con la vista en Europa

El modelo alemán, junto con el francés y el británico, son los que más tiran de Europa, aunque Suiza y los países nórdicos gozan de una extraordinaria buena salud. En todos ellos, el objetivo de inversión en I+D del 3% sobre el PIB perfilado a inicios de la década en la cumbre de Lisboa, es algo “razonable”, asegura Gruss. Los países del norte europeo ya están en esta posición, mientras que Alemania se sitúa en un 2,6% con clara tendencia al alza. Pero Europa, en su conjunto, está lejos de este objetivo, un punto por debajo, mientras que España recién ha alcanzado el 1,2%.

Mientras que la inversión en I+D de Alemania es del 3% sobre el PIB, España recién ha alcanzado el 1,2%Gruss entiende que el sector privado tiene que hacer un mayor esfuerzo en aquellos países que, como España, se encuentran todavía tan lejos de la meta. En un plano ideal, explica, el sector público debería aportar el 1%, mientras que el privado debería sumar el 2%. En los países del sur de Europa la balanza está totalmente invertida. En España, los fondos públicos se acercan al 70% del total, mientras que los privados suman el 30% restante. “Para alcanzar el 3% el Estado debería aportar muchísimo más, proporcionalmente, incluso más que lo que aporta el gobierno alemán”, razona. “Es irreal”.

¿Cómo conseguir la implicación de la industria? “Con incentivos”, responde Gruss. Por ejemplo, contribuyendo a la financiación de actividades de investigación en la industria, incentivos fiscales o ayudas para la colaboración entre el mundo académico y el empresarial, además de favorecer la generación de empresas de valor añadido de dimensión suficiente para competir internacionalmente. El caso es, dice, “lograr que los inversores vean que es atractivo invertir en iniciativas de un país determinado”.

Y, en general, que lo sea también para Europa, tanto en lo que refiere a inversión en ciencia como en educación. En este sentido, Gruss considera que la iniciativa desplegada en el VII Programa Marco con la puesta en marcha del European Research Council es clave. “Hay que dotarlo mucho mejor económicamente y potenciar sus objetivos”. La entrada en vigor del futuro Programa Marco, cuyos presupuestos van a ser ampliados y que ya ha iniciado el proceso de redacción de borradores, podría dar cumplida respuesta a este deseo.

EL PESO DE LA TRADICIÓN

Aunque la Revolución Industrial se inició en el Reino Unido, fue la enorme expansión de la Química y de su industria asociada, mayoritariamente ubicada en las cuencas de los grandes ríos alemanes, lo que permitió a Alemania presentar su candidatura a potencia económica mundial en pleno siglo XIX. La química fina, pero también la pesada, junto con el desarrollo posterior de la industria farmacéutica, la ingeniería y más tarde la automoción y derivados tecnológicos de gran consumo, han mantenido a Alemania en posiciones avanzadas pese a los efectos de las dos guerras mundiales y, posteriormente, la costosa unificación de un territorio partido en dos como moneda de cambio del inicio de la Guerra Fría.
La tradición acumulada ha generado una cultura empresarial en la que coexisten grandes compañías con miles de empleados con una vida académica y científica que hunde sus raíces con grandes nombres en más de tres siglos de aportaciones de alto nivel intelectual. Tal vez sea por ello que no sorprenda en el país germano el anuncio regular de alguna de sus grandes empresas de incrementar las inversiones en I+D pese al empuje de la crisis. La última compañía en hacerlo fue la química BASF, con más de 5.000 millones de euros dedicados a este capítulo en los próximos años. Farmacéuticas, biotecnológicas y sobre todo, el sector de la automoción, con el coche eléctrico situado en el punto de mira, no le andan a la zaga.

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