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La decana de las academias cumple 350 años

En 1660, una docena de amigos, entre los que estaban Cristopher Wren y Robert Boyle, se juntaron en el Gresham College de Londres para tomar un refresco. Como fruto de esa reunión, tres años más tarde, el informal grupo de colegas recibiría una carta real nombrándolos la “Real Sociedad de Londres” para la mejora del conocimiento de las ciencias naturales. 350 años más tarde, la Royal Society conserva su prestigio académico y social y mantiene una altísima cuota de influencia.

Xavier Pujol Gebellí | 12 de julio de 2010

Primero fue un grupo de amigos interesado en la “promoción y difusión” del conocimiento científico; poco después, una “real sociedad” cuyo fin era igualmente extender “las ideas y el debate científico”. Hoy, tres siglos y medio después, es una institución de altísimo prestigio, con muchos de sus miembros implicados en los llamados “corredores del poder” y con una influencia creciente, por no decir decisiva, en asuntos de gobierno donde el debate científico y ético ocupan un lugar preeminente. Cambio climático, biología reproductiva y alimentos modificados genéticamente son sólo algunos de los casos en los que la Royal Society of London debe pronunciarse.

Su 350 aniversario acaba de cumplirse. Como parte de la celebración, se han sucedido debates, charlas, conferencias, entrevistas en todos los medios. La “semana grande” de la decana de las academias científicas en el mundo ha coincidido prácticamente en el tiempo con otra de las grandes reuniones europeas para la difusión de la ciencia, el EuroScience Open Forum (ESOF), que ha tenido lugar en Turín (Italia), el émulo en la vieja Europa de la reunión anual de la American Association for the Advancement of Science (AAAS), la institución editora de la revista Science.

Cambio de rumbo

En general, la vida de las academias científicas ha discurrido de forma tranquila en la mayor parte del casi centenar de países donde existen instituciones de este tipo. Su actividad, también en términos generales, se ha limitado a una labor de reconocimiento de sus miembros electos y al debate de las ideas en sus áreas de conocimiento. Pero su influencia real raramente ha trascendido, salvo notables excepciones, sus límites naturales. A lo sumo, entre sus notables distinguidos se ha dejado notar un aire de elitismo que, en ocasions, ha actuado como un selectivo grupo de presión, como describe el editor científico Colin Macilwain en Nature.

La tranquilidad se alteró en el caso de la Royal Society a mediados de los años 90, cuando los alimentos transgénicos, y especialmente la crisis de las vacas locas, saltaron a la palestra. Fue entonces cuando, de la mano del ministro de Ciencia inglés William Waldegrave, la academia británica fue requerida para opinar públicamente sobre aspectos de base científica que afectaban sobremanera a la sociedad de su país. Se requería una opinión independiente que avalase decisiones difíciles del gobierno y que, al mismo tiempo, desarbolara las presiones de los grupos de presión industriales.

Fue de ese modo que la Royal Society asumió un rol parejo al de su homónima norteamericana, la National Academy of Sciences (NAS), constituida por indicación del presidente Abraham Lincoln con el objetivo de asesorar al gobierno estadounidense en materias de índole científica. La NAS, a la postre la mayor academia científica del mundo, elabora cada año cerca de 200 informes para el gobierno sobre los más variados temas de impacto social.

La expansión

La Royal Society, ahora implicada de lleno en la vida pública y con un presidente recién nombrado, Paul Nurse, presidente de la Universidad Rockefeller de Nueva York (tomará posesión del cargo previsiblemente a finales de 2010), sirvió de modelo a buena parte de los países que deseaban reunir a sus mentes científicas más brillantes. Pero ocurrió prácticamente un siglo después de su nacimiento.

La eclosión de las academias científicas tiene lugar a mediados del siglo XVIII pero, a diferencia del modelo unitario británico, nacen instituciones que atomizan el campo del saber. Es el caso de España, por ejemplo, que favorece la constitución de instituciones que reúnen a científicos por áreas del saber, cuando no por localizaciones geográficas. El modelo se repite en distintos países europeos y latinoamericanos y se va consolidando hasta bien entrado el siglo XX, pero sin apenas influencia social. Unas pocas excepciones confirman la regla. A la ya citada NAS, la academia francesa y la rusa copan un protagonismo que va más allá del prestigio social. En España este papel lo ocupa la Real Academia de la Lengua, con un impacto social que escapa al elitismo que tanto ha caracterizado a estas instituciones. Y, por supuesto, la Royal Society, que en muchos aspectos sigue marcando el paso.

EL CONTRAPUNTOLa inoperancia social que de forma deliberada han jugado la mayor parte de academias científicas se ha visto en parte compensada por el nacimiento, a mediados del siglo XX, de sociedades científicas que han desempeñado un rol muchísimo más activo con respecto a su especialidad, a sus asociados y, de forma creciente, con respecto a la sociedad.

En el mundo, de nuevo Estados Unidos marca la pauta, con la todopoderosa AAAS a la cabeza y todo el conjunto de sociedades médicas que, con el apoyo de las grandes firmas farmacéuticas, logran que sus mensajes calen en la sociedad.

En España, las academias, salvo la de la Lengua, viven un larguísimo periodo de ostracismo que se traduce en una paupérrima influencia social que es corregida en parte por las sociedades médicas y, en tiempos muy recientes, por las científicas, agrupadas desde hace una decena de años en la Confederación de Sociedades Científicas (COSCE). Esta última, como recogía recientemente la revista Cell, ha jugado un papel que la aproxima a la NAS, con informes que han acabado influyendo en el diseño de políticas científicas.

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