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A la luz del Alba

La fuente de luz de sincrotrón marca un hito como 'fábrica' de la economía basada en el conocimiento

La luz del Alba, la mayor infraestructura científica jamás construida en España, con 201 millones de euros de presupuesto, ya empieza a alumbrar. En un año, la comunidad científica podrá participar de alguna de las siete líneas experimentales abiertas (sobre un total de 33 previstas) en experimentos de altísima precisión en campos como la biomedicina, la ciencia de materiales o la microelectrónica. Un millar de científicos se beneficiará, en una primera fase, de lo que se ha calificado como uno de los ejemplos de la nueva economía.

Xavier Pujol Gebellí | 25 de marzo de 2010

José Luís Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno español, y José Montilla, presidente de la Generalitat, hicieron los honores en el acto inaugural de la fuente de luz de sincrotrón Alba. Pero el mérito, si hay que atribuirlo a alguien, corresponde a una de las parejas de hecho más ambiciosas que ha dado la ciencia española en los últimos años: Ramón Pascual, catedrático de Física Teórica de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), el verdadero padre de la iniciativa, y Joan Bordas, también físico, gran impulsor científico de una infraestructura llamada a marcar un antes y un después para la ciencia española.

El sueño de la fuente de luz nació en la cabeza de Pascual a finales de los años ochenta, en un momento propicio por la pequeña revolución que había empezado a darse en la ciencia española de la mano de figuras como Javier Solana, Juan Rojo, José Maria Maravall o su hermano Pedro Pascual. Junto a muchísimos más lograron dar forma al actual sistema de ciencia y tecnología. Pascual presentó su primer informe en busca de apoyo financiero en 1990. Bordas hizo su aparición en escena un poco más tarde, fichado por Pascual para dirigir el Instituto de Física de Altas Energías de la UAB. Se consumaba así el regreso de una figura notable al mapa de la ciencia española, uno de los más sonados en esa época, procedente de Reino Unido.

Un sueño en busca de socios

La andadura no fue fácil en esos años. Sobrevino la crisis económica y la prioridad de la economía española fue paliar los efectos del desempleo. Se estancó una inversión en ciencia ya de por sí modesta y el proyecto de fuente de luz de sincrotrón empezó su particular travesía del desierto. La llegada del Partido Popular al Gobierno no mejoró las cosas, al menos no en su primera legislatura. Tan sólo la insistencia de algunos organismos europeos, como la European Science Foundation (ESF), encabezada entonces por Enric Banda, mantuvo viva la llama. Un informe de la ESF reclamaba para el proyecto de Pascual y Bordas un puesto entre las grandes instalaciones de este tipo para el sur de Europa, donde había por entonces una gran comunidad científica huérfana de los potentes haces de rayos X y obligada a desplazarse a Grenoble (Francia) donde se encuentra el ERSF, el gran equipamiento europeo de luz de sincrotrón.

Se calcula que unos 500 científicos españoles emplean esas instalaciones de forma regular. Fue esa una de las principales argumentaciones, a finales de los noventa, para ganar adeptos para el proyecto catalán. Según varios informes técnicos, ese colectivo podía incrementarse fácilmente con los investigadores españoles o de otros países que encontrarían aquí el acomodo necesario para sus experimentos. Se argumentaba, también, el poder de atracción de empresas con departamentos de I+D avanzados, aunque en ningún caso se esperaba de esta comunidad que superase entre el 5% y el 10% del total de usuarios. Lo que sin duda llamó la atención de los posibles socios financieros (siempre dinero público) fue el efecto imán que la construcción del equipamiento provocaría en la empresa local. Se estima que cerca del 60% del equipamiento construido durante los más de seis años que ha tomado la puesta a punto de la infraestructura corresponde a empresas españolas.

El escollo principal era, no obstante, el modelo de financiación de una infraestructura sin precedentes por tamaño y coste. Se solventó durante la última legislatura de Jordi Pujol al frente del ejecutivo catalán con una fórmula de cofinanciación al 50% entre el gobierno de la Generalitat y el central. El acuerdo se firmó en 2002, fecha en la que finalmente Aznar y Pujol dieron luz verde al proyecto.

Nuevas necesidades

Es un problema asegurar el éxito de esta realidad, con un presupuesto operativo de hasta 16 millones anualesLa firma del acuerdo entre ambos gobiernos precipitó la colocación de la primera piedra, ya con José Luís Rodríguez Zapatero al frente del ejecutivo y el gobierno catalán también en nuevas manos. A partir de ese momento, los plazos se han ido cumpliendo escrupulosamente, aunque, como ha señalado Pascual estos días, con un cierto retraso “de carácter menor”.

En cualquier caso, eso no es en absoluto un problema. Lo que sí lo es, y de verdad, es asegurar el éxito de lo que ya no es un proyecto sino una realidad con un presupuesto operativo que puede alcanzar los 16 millones de euros anuales.

El éxito pasa por la calidad de la instalación (que ha sido ya comprobada en sus líneas principales) y por la gestión que se haga de ella. A este respecto, la atracción de usuarios va a ser fundamental, tanto de los procedentes de la comunidad científica como de la industrial (de la que no se espera que los ingresos superen el 10% de acuerdo con lo que se ha visto que ocurre en instalaciones de este tipo en todo el mundo). Además de la atracción, será necesario que los usuarios lleven proyectos interesantes bajo el brazo. Esta va a ser una tarea más compleja.

La selección de proyectos de calidad puede marcar la frontera entre el acceso universal basado en precios competitivos de uso, o el prestigio internacional por calidad de selección. Será un debate interesante a seguir en los próximos años.

Del mismo modo que lo va a ser la política de acompañamiento a esta gran instalación. Hace años, cuando se diseñaba el proyecto, se argumentaba que la infraestructura podía ejercer un efecto imán a su alrededor con respecto a un cierto tejido científico y empresarial, bien fuese atrayendo a fabricantes de componentes, bien fuese en forma de spin-offs surgidas de interacciones entre academia y empresa. Y que todo ello podía confluir en operaciones inmobiliarias de calidad. Los planes están ahí. Las respuestas, con toda probabilidad, las dará un tiempo que en ningún caso puede medirse por el corto plazo, uno de los grandes defectos que suelen aquejar a los gestores de la ciencia patria.
¿INGRESO EN LA ECONOMÍA DEL FUTURO? ¿Cómo puede una infraestructura, sea del tamaño que sea, abrir las puertas del futuro, como pretenden decir Zapatero, Montilla, la ministra Garmendia i el conseller Huguet? Ciertamente, el éxito no les corresponde a ellos, aunque sí la virtud de haber sabido mantener el compromiso con una idea nacida veinte años atrás.

Ese compromiso no va a abrir las puertas de nada; simplemente va a marcar un hito de normalidad en un país que aspira a consolidarse en la élite científica, aunque lo haga a retrancas, con un paso adelante y dos atrás. En la actualidad, ya hay medio centenar de sincrotrones de diverso tamaño y potencia en funcionamiento a nivel mundial, cerca de la mitad en Europa. El microscopio gigante era, pues, una asignatura pendiente.

Si la gestión es la adecuada, y hasta la fecha ha demostrado serlo, del sincrotrón catalán pueden surgir oportunidades. Una de ellas, ya materializada, es la colaboración internacional con otras instalaciones de esta familia, como la canadiense, sin ir más lejos. El resto va a ser andar un camino que debe llevar, de nuevo, a la normalización. Con fábricas de futuro pensadas para economías del futuro.

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