La percusión hueca de un bastón chocando contra el suelo nos hace adivinar a un ciego aun sin verlo. Su voz suena más rotunda; a veces, incluso, impertinente. Porque el ciego no sabe si le vemos, aunque sí sabe que le podemos oír y exige ser escuchado. Su desgracia nos apena, aunque no nos inquieta demasiado. Sabemos que no puede hacernos daño, ni contagiarnos su ceguera. Nadie teme a un ciego. En la ciudad de Toronto, Canadá, Fernando Meirelles pone en 'A ciegas' voz e imagen a una novela de José Saramago, 'Ensayo sobre la ceguera', que especula con la universalidad de la ceguera...