Jordi Montaner | 10 de mayo de 2010
Título: The Road
Año: 2009
Duración: 111 minutos
Dirección: John Hillcoat
Guión: Joe Penhall (adaptado de la novela de Cormac McCarthy)
Intérpretes: Viggo Mortensen, Robert Duvall, Guy Pearce, Charlize Theron, Kodi Smit-McPhee y Molly Parker
Música: Nick Cave y Warren Ellis
Fotografía: Javier Aguirresarobe
Montaje: Jon Gregory
Dirección artística: Gershon Ginsburg
Producción: Marc Butan, Mark Cuban, Paula Mae Schwartz, Steve Schwartz, Rud Simmons, Erik Hodge, Todd Wagner y Nick Wechsler
Carlos Montes, catedrático de ecología de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), utiliza esta película y el libro en que esta película está basada como talismanes para explicar el cambio climático a sus discípulos en la facultad… Toda una faena. La disección de tu mejor mascota en el laboratorio de la universidad parecería incluso una crueldad más soportable. La película es dura, inquietante y perturbadora. El libro en que se basa es demoledor. Puesto que ya está fuera del circuito de carteleras, la película debe visionarse en DVD y, para tal fin, se aconseja haber pasado antes por la experiencia de la novela, premio Pulitzer, traducida a muchos idiomas.
Es una road-movie apocalíptica que angustia, no por lo aventurado de sus peripecias (como en la saga australiana de Mad Max), sino por las devastadoras conclusiones que asoman en toda reflexión. En un planeta más que reconocible, las cosas empiezan a ir mal hasta el punto de no poder ir ya peor: los sistemas sucumben, todas las fuentes de energía se agotan, el agua potable pierde esta última cualidad; el dinero pierde todo sentido, al igual que la ley o el orden. Las enfermedades ganan partido a los remedios y la miseria se impone a todo lo demás. La gente muere; mejor dicho, ya ha muerto. Quienes sobrevivan, sólo podrán hacerlo a base de comer lo ya muerto o abandonado. No hay futuro. Como subraya McCarthy, “el después es ahora”. Dos protagonistas, un padre y su hijo, sobreviven en un invierno eterno presidido por una enorme nube de cenizas (con reminiscencias volcánicas) en el que no para de tronar, llover o nevar. La corteza de la Tierra está esquilmada, como barrida por una llamarada inmensa que sólo deja un rastro de barro, cenizas y mugre. El color del agua es el negro; el de la atmósfera, el gris.
Es una obra trágica y pesimista. Las evocaciones del pasado no son en absoluto las de un tiempo mejor, sino un tiempo herido de muerte y predestinado al fin.
Como Montes apuntaba en una reciente conferencia en Barcelona, los desastres ecológicos son también desastres humanos en lo social y lo psicológico. Padre e hijo (no tienen nombres) huyen, a la vez que buscan, hacia un sur imposible, pretendidamente menos frío, gris o peligroso. En su camino, deberán sortear peligros por parte de otros seres humanos inexplicablemente aún vivos, que viven para matar y matan para vivir. Lo fascinante es la precisión con la que autor, guionista, intérpretes y director humanizan este escenario de zombies, un mundo de pesadilla. El padre, como Belén Esteban, tiene al hijo como epitafio y está dispuesto a matar por él.
El anciano Ely (el único personaje que tiene un nombre, aunque es un nombre falso) cruza su huída con la de los dos protagonistas y los tres configuran una trinidad casi bíblica. La vida debe vivirse como una enfermedad y la única verdad es la muerte; sin embargo, el hijo, el niño, encarna la inocencia, ‘el fuego interior’ perdido que defenderán como una posesión, el relicario de una antigua fe en la vida. Si el hombre mata a la Tierra, ¿qué deja de humano para sí?
The Road (la carretera) invoca la pesadilla de una devastación a gran escala que todos arrastramos en el imaginario colectivo. El fin del mundo, sin embargo, no será algo excepcional, un instante catastrófico. Todos los relojes se han detenido, nada funciona. Un carrito de la compra, plásticos o mantas, una lata de refresco o una pistola adquieren de pronto un significado nuevo, diferente. Los protagonistas, como Robinson Crusoe, se ven forzados a representar la humanidad en un escenario deshumanizado, como un gesto romántico, bello e inútil. Su arrebatadora fuerza para sobrevivir, sin embargo, toma el cariz de una lección.
McCarthy, en la novela original, no da pistas de por qué el mundo se encuentra en este estado; pero inevitablemente, al leer el libro o al visionar el DVD, los discípulos de Montes sienten un cosquilleo en la conciencia, en la responsabilidad ambiental común. Instintivamente, apagan la luz, cierran los grifos, se abrazan los brazos en un escalofrío y se sonríen con un guiño de tristeza… ¿A eso es a lo que realmente vamos? ¿Es este el fin del camino? Viendo cuanto ocurre, leyendo las noticias relativas al cambio climático, cuesta decir que no.