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Störung, resistencia experimental

Festival

Ànnia Monreal | 29 de abril de 2010

Störung o cómo temperar sonidos, electrónicos y naturales, ruidos y distorsiones para convertirlos en melodía. La interferencia se impone, especialmente en los oídos del profano, pero al cabo de un rato esos ruidos aislados construyen una melodía. ¡Sí, es música! Como las palabras libres de Tristan Tzara o el degoteo de Pollock el detalle inconexo, el punto discordante o el loop repetitivo, da lugar a un conjunto comprensible. Que se deja escuchar, por lo menos.

“Promocionamos música electrónica minimalista y experimental”. Las etiquetas saltan al ruedo. En esta ocasión las lanza Álex Gámez, óptico para ganarse la vida y director del certamen para disfrutarla. Su festival resiste, con la música más vanguardista creada a partir de ordenadores, sintetizadores, samplers, secuenciadores y en compañía de una pantalla por donde corretean dibujos y representaciones a imagen y semejanza de la música que se produce en directo. Störung, la isla de la rebeldía experimental frente al Sónar, ahora mucho más popular.

Explorar la antropología del sonido, este es el alma del festival. Descubrir sus cualidades, su esencia, y jugar con ellas. “Cada tono tiene una onda que se puede manipular con el ordenador”, indica Gámez, de modo que se originen un conjunto de sensaciones. Voilà la clave de la música electrónica experimental. Más que armonías y pentagramas se juega con la física de la acústica. Se moldea la frecuencia de la onda del sonido, se alteran las vías por las que transitan los tonos y se componen estructuras sin la participación en exclusiva de las notas musicales.

“Es una música poco bailable”, señala Gámez. No hay ninguna duda. Por este motivo Störung es mucho menos lúdico y festivo que otras manifestaciones similares. Los conciertos se escuchan sentado y en un auditorio con buenas condiciones acústicas. No todo vale, lo que limita la implicación de la ciudad en el festival. Y junto a un buen recinto, las actuaciones requieren una pantalla por donde discurren las imágenes que evocan los botones en movimiento. Una vez más, la música se funde con otros campos, en este caso para poner en órbita el arte digital.

El oído humano puede percibir frecuencias de sonido que se mueven entre los 20 y los 20.000 hertzios. Pero los artistas no se pasean sólo en este espectro. En ocasiones emiten tonos por debajo de la frecuencia audible, lo que origina un cierto desasosiego. “Que no las oigamos no significa que no existan”, puntualiza el director de Störung. Las ondas comparten habitación con los espectadores y generan una presión que se capta, aunque no sea de la forma más habitual.

En su carrera por lograr sensaciones, algunos artistas recurren a las drogas para inspirarse. Música y estupefacientes, qué novedad. Con productos como el MDMA (3,4-metilendioximetanfetamina, éxtasis) los sentidos se expanden y la capacidad para aprehender y apreciar matices se multiplica. Pero Störung no es un desfile de público feliz ni acelerado. Se impone la seriedad y el gusto por una forma de algún modo más intelectual de apreciar la música.

La estrella de la quinta edición de Störung fue Biosphere. Geir Jenssen tenía que debutar el miércoles 21, pero las consecuencias de la explosión del volcán Eyjafjalla impidieron que el noruego desplegara sus encantos el día acordado. Llegó el sábado y prácticamente llenó el centenar de localidades del auditorio de la Farinera. El escenario de madera se rindió a las notas ambient del músico, unas veces inquietantes y otras más rítmicas. Fue el acto más multitudinario del festival, que por otra parte centró su atención en la música subacuática o hydrophonia, con Juan Matos-Capote y Emiliano Zelada como ponentes e intérpretes.

“La música electrónica se genera directamente por ordenador o se graban sonidos ambientales (field recording) que luego se manipulan”, apunta Gámez. Hydrophonia fue el campo escogido para la ocasión, ya que el agua es un medio lleno de posibilidades. Matos-Capote explicó su último proyecto, protagonizado por los ríos Besòs, Llobregat y Segre, en su voluntad por captar el sonido de aguas “de algún modo cercanas o relacionadas con la actividad humana”. Por su parte, el italiano Emiliano Zelada dio a conocer su trabajo inspirado en los sonidos que emiten las ballenas.

Por Störung también desfilaron el diseñador Aleix Fernàndez, especialista en poner imagen a sonidos minimal; Mauricio Giri, compositor de piezas electroacústicas y experto en técnicas de programación; Daniele Cortese y Stefano Zatti, fieles a su cita anual con el certamen; el experimentado Frank Bretschneider; los extravagantes Retina.it; la japonesa Tomoko Sauvage, centrada ahora en mostrar la belleza de las gotas de agua cuando discurren por cuencos de porcelana; o el mismo Ález Gámez, que subió al escenario como Asférico.

Junto a los conciertos y las conferencias, la voluntad divulgativa de Störung se materializó con un vídeo que se paró ante algunos de los principales artífices de la música experimental. Con John Cage como sancta sanctorum de las posibilidades acústicas de las cosas y el silencio, también protagonizaron el pase Stephen Beck, responsable del primer sintetizador de vídeo; Stan VanDerBeek, pionero en el desarrollo del cine experimental y forjador de las relaciones entre arte, tecnología y percepción; el colectivo londinense D-Fuse, o Zimoun, artista especializado en instalaciones sonoras.

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