Título: Janela da Alma
Género: Documental
Duración: 73 minutos
Año: 2001
País: Brasil
Dirección: João Jardim y Walter Carvalho
Guión: João Jardim y Walter Carvalho
Reparto: Evgen Bavcar, Raimunda da Conceiçao Filha, Felipe, Gabriel, Arnaldo Godoy, Walter Lima Jr., Hermeto Paschoal, João Ubaldo Ribeiro, Oliver Sacks, Veronica de Jesus Santos, José Saramago, Hanna Schygulla, Marieta Severo, Agnes Varda, Wim Wenders
Música: José Miguel Wisnik
Fotografía: Walter Carvalho
Producción: Claudia Braga, Bia Castro, João Jardim, Flavio R. Tambellini, Mayanna von Ledebur
Montaje: Karen Harley y João Jardim
Sonido: Heron Alencar, Tom Paul y Waldir Xavier
Aquí fue la gallina antes que el huevo… El realizador brasileño Fernando Meirelles sorprendía hace apenas un año adaptando a la gran pantalla el Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Se trataba de una recreación cruda y rotunda de la caverna de Platón, trasladada a nuestra sociedad, demostrando que lo que somos no viene determinado por lo que vemos; sino más bien al revés.
¿Cómo sería todo si no viéramos nada? Saramago daba una pauta en su novela; pero dos colaboradores de Meirelles, João Jardim (montador) y Walter Carvalho (fotógrafo), se hicieron esta misma pregunta siete años antes de rodar Blindness y con la intención concisa de dar con una respuesta o, por lo menos, pautar una reflexión.
Ambos cineastas se estrenaron en la dirección con este documental, que no es más que una lección sobre el arte de ver. Jardín y Carvalho, ambos afectos de miopía, solicitaron la colaboración de personajes totalmente ciegos, como el fotógrafo (aunque parezca mentira) Evgen Bavcar y el músico y poeta Hermeto Paschoal, junto con miopes ilustres, como el neurólogo inglés Oliver Sacks, el realizador alemán Wim Wenders o el mismo Nobel de literatura José Saramago.
Janela da alma (la ventana del alma) se refiere a los ojos, y el documental desmenuza con fantásticos detalles cómo ven los ciegos… Tal como suena. Cómo una poca luz, o una oscuridad absoluta, bailan en los ojos de personas que todo el mundo tomaría por desadaptadas, recreando un espacio en el que la paz o el gozo son asiduos visitantes.
Por difícil que parezca, los ciegos miran y ven aspectos a los que nuestros perfectos ojos nunca prestan atención. En sus mentes hay color, hay imágenes recordadas como en una colección de fotos o películas, hay sueños, emociones, intuición de presencias.
Algunos ojos son ventanas
La mirada es siempre un límite, reflexionan los protagonistas; las palabras con que nos comunicamos son ciegas… Con un uso muy inteligente del blanco y negro, los sonidos aplicados a la oscuridad y el desenfoque de la cámara, Jardim y Carvalho nos ponen en la piel de quienes están ciegos o apenas pueden ver, posesos de una especial sabiduría. No sólo intelectuales, también artistas, gente de la calle, nos explican que la vergüenza es una forma de miedo que no tiene que ver con ver, sino con ser visto. Todos vemos distinto pero pensamos que vemos igual, por lo que vivimos enfrentados a una permanente disputa de puntos de vista. Es como Babel, pero en luz y color.
Wenders reflexiona sobre el encuadre que todos hacemos en nuestra propia película particular de lo que vemos, prescindiendo de muchos elementos presentes en el campo de visión para centrarnos sólo en lo que nos interesa.
Bavcar, el fotógrafo ciego, fotografía a mujeres desnudas que no ve y, sin embargo, imagina. “Es la emoción”, explica, “la que revela mis imágenes; más aún que la luz”.
De forma poética, el documental empieza con una pequeña fogata chispeando en la oscuridad de la noche y termina con un bebé recién alumbrado que empieza a abrir sus ojos sin “ver” ni entender nada de lo que su retina captura… Nacemos y morimos ciegos; lo que vemos de por medio bien pudiera ser un sueño. Sacks, Wenders, Saramago, dejan muy claro que no hay verdad ni realidad que pueda plasmarse en una imagen. “Miramos lo que otros nos hacen ver; no descubrimos nada”, reconoce el realizador alemán. El neurólogo individualiza toda acción de ver: “sólo tú ves lo que ves”, y el Nobel reivindica la caverna de Platón, en la que todo cuanto tomamos por real es, en realidad, sólo una sombra de lo auténtico.
Algunos ojos son ventanas, otros son espejos; todos tienen vida.