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Lucas Laursen

Corresponsal

Preparando una taza de té volcánico

Muchas familias a lo largo la fértil costa del sureste de Islandia pueden ahora explicar una buena historia sobre su huida ante la erupción de un volcán. Sin ir más lejos, la del abuelo de Kristín Vogförð, quien estaba pastoreando ovejas en las laderas orientales del Katla cuando éste entró en erupción en 1918, fundiendo el hielo del glaciar e inundando con violencia ríos y campos.

4 de mayo de 2010

Lucas Laursen | Islandia

Muchas familias a lo largo la fértil costa del sureste de Islandia pueden ahora explicar una buena historia sobre su huida ante la erupción de un volcán. Sin ir más lejos, la del abuelo de Kristín Vogförð, quien estaba pastoreando ovejas en las laderas orientales del Katla cuando éste entró en erupción en 1918, fundiendo el hielo del glaciar e inundando con violencia ríos y campos. Según explica el geofísico de la Oficina Meteorológica de Islandia, su abuelo y otros pastores tuvieron que cabalgar sus robustos caballos islandeses sobre las aguas heladas para salvarse. Por desgracia, sus ovejas no tuvieron tanta suerte.

En abril me uní a un grupo de expertos islandeses en un viaje para estudiar rocas, gases y desbordamientos fluviales en el glaciar Eyjafjallajökull. Pude ser testigo de las fugas recientes, y regresé impresionado de lo mucho que los científicos islandeses están haciendo para aprender de las últimas erupciones, que ya están empezando a perjudicar la agricultura y la escasa industria turística del pequeño país.

La primera erupción del volcán Eyjafjalla, durante la noche del 20 de marzo, fue tan accesible que los científicos la calificaron como una erupción “de webcam”. Incluso atrajo a turistas extranjeros, lo que proporcionó un impulso a la asediada economía islandesa, que los propios habitantes del país agradecieron porque distraía la atención que está generando la crisis financiera.

De hecho, Steingrímur Sigfússon, el ministro islandés de Finanzas y graduado en Geología, aprovechó para llamar a Sigurður Gíslason, científico de la Universidad de Islandia, y preguntarle si podría ser de ayuda en un viaje científico al volcán. Por lo visto, Gíslason encomendó al ministro la conducción del vehículo que su equipo utilizaría en el viaje. La huida de Sigfússon del ambiente caldeado de las protestas en Reykjavik se desarrolló sin problemas hasta que una inundación, causada por la segunda erupción del volcán, bloqueó la carretera circular de Islandia y obligó al ministro a coger un helicóptero para volver a la capital.

Meses antes de que despertara el Eyjafjallajökull, geofísicos de la Oficina Meteorológica de Islandia y del Instituto de Ciencias Terrestres de la Universidad de Islandia ya estaban estudiando señales de estaciones sísmicas y de satélites GPS situados en las laderas de la montaña, buscando indicaciones de una posible erupción. Además del interés por alertar a los residentes de potenciales inundaciones o contaminación por cenizas, la actividad sísmica representaba una oportunidad para los científicos de mejorar el conocimiento sobre la dinámica del magma bajo los volcanes. En 2004, la Oficina Meteorológica de Islandia predijo con éxito una erupción del volcán Grímsvötn bajo una masa de hielo llamada Vatnajökull. La actividad sísmica detectada bajo Eyjafjallajökull durante el verano de 2009 parecía ofrecer una buena oportunidad para hacer una nueva predicción.

Los científicos observaron atentamente la actividad volcánica, que sugería que el magma se estaba moviendo a varios kilómetros por debajo de la superficie del Eyjafjallajökull, e instalaron sensores adicionales a medida que la actividad se desplazaba hacia el este (bajo la montaña). El día de la erupción del 20 de marzo, la geofísica Sigrún Hreinsdóttir se encontraba en la montaña instalando unas estaciones GPS ultrasensibles, con el objetivo de medir cuánto magma se estaba acumulando bajo el volcán. Aquella noche, después de un día de calma sísmica, una erupción de lava iluminó el cielo del sur de Islandia.

Como en muchos otros casos, se ha constatado que es imposible predecirlo todo con precisión. Pero las autoridades islandesas evacuaron un área muy extensa en cuestión de horas, y, por suerte, la primera erupción no produjo víctimas. Los científicos se dispersaron rápidamente por el área para aprender todo lo que pudieran sobre el nuevo fenómeno.

Algunos de ellos me invitaron a unirme a ellos mientras remontaban en dos 4x4 el valle del río Markarflót, un paisaje trenzado de arroyos glaciares tan cambiantes que los visitantes deben encontrar nuevos pasos en cada viaje. Acabamos por abandonar uno de los vehículos y nos apiñamos en el otro. Éste tenía una suspensión hidráulica que habría sido la envidia de cualquier aficionado a los coches tipo lowrider, si no fuera por unos neumáticos de un metro de alto que nos mantenían por encima del agua.

Para cuando empezamos a caminar, en la boca de un cañón llamado Hrunagil, ya salía vapor del agua del río, con una temperatura que los vulcanólogos calcularon de 21 °C. El agua del cañón vecino, que no había sido calentada por la lava, estaba a 3 °C.

Los científicos tomaron muestras del agua y del gas antes de cruzar el río y de ascender por las paredes del cañón. Deseaban alcanzar la fuente de toda esta agua caliente: un flujo de lava que salía del lugar de la erupción, mucho más arriba en la montaña. Una cascada de lava incandescente había seguido el camino del cañón y había llenado su mitad superior con lava negra que aún retenía calor. La temperatura del agua, que había encontrado un camino junto a las piedras recién creadas, e incluso corría bajo ellas, había aumentado de forma espectacular.

Así que, cuando la geoquímica islandesa Evgenia Ilyinskaya distinguió la lava a través del vapor arrastrado por el viento, empezó a avanzar hacia ella junto al resto de sus colegas. La niebla gris ensombreció los abrigos coloreados de los científicos. Ilyinskaya, estudiante de doctorado en la Universidad de Cambridge, donde la conocí, dejó su aparato recolector de gas zumbando a cierta distancia. Los otros científicos martillearon la lava para romperla y examinaron los cristales que formaban aquellas nuevas rocas.

Entonces oí un grito: Ilyinskaya se había hundido hasta los tobillos en un estrecho riachuelo entre la lava y el lecho del río. Saltó y, al quitarse la bota, la parte del talón que había sido mojada por el agua (a 81 °C)  apareció del todo enrojecida. E hizo algo extraordinario: se sentó y se preparó un té con el agua del volcán. Al principio creí que el estilo de vida británico le había calado hondo; tras reflexionar un poco, concluí que quizá tan sólo estaba haciendo lo que los islandeses siempre han hecho: aprovechar al máximo su volcánico hogar.

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