Dice no tener ninguna formación periodística. Escribiendo, se limita a describir lo que los científicos piensan, dicen y hacen porque cree que lo piensan, dicen y hacen con un propósito concreto que a todos nos incumbe, "aunque sólo sea porque su ciencia se alimenta de nuestros impuestos".
Jordi Montaner | 13 de abril de 2010
De tanto escribir sobre ciencia, usted se ha convertido en científico. Libros, artículos y conferencias le acreditan como tal.
Soy científico, pero ejerzo de periodista, de narrador. Por razones meramente de trabajo empecé a familiarizarme con las comunicaciones científicas, con la narración de hallazgos o frutos de un determinado estudio. Vi que la ciencia necesita explicarse para ser lo que es. Soy científico pero no hago ciencia, sólo la escribo. ¿Está claro?
Tan claro como el agua, tema de uno de sus libros.
Hay que comprender de qué hablamos para hablar del agua. Hay que entender por qué resulta esencial para la vida o, simplemente, si la vida puede existir sin agua, que no está tan claro. Hoy día la ciencia concede una gran importancia a las proteínas y a los ácidos nucleicos, pero esa importancia no reside tanto en lo que son, sino en una serie de interacciones moleculares casi imperceptibles. En otras palabras: lo importante es lo que hacen, más que lo que son.
¿Y el agua no hizo la vida?
Satélites de la NASA exploran el espacio exterior en busca de signos de vida partiendo precisamente de esta premisa. La química de la vida, sin embargo, también es posible sin agua. Los bioquímicos saben que el agua favorece determinadas reacciones y obstaculiza otras; puede ser tan buena para la vida como mala. A base de estudiar reacciones de biomineralización y el comportamiento del ADN (señalización, lenguaje de los genes), los científicos asumen hoy que la vida es un juego de interacción de unas proteínas con otras. Pero tanto la biología sintética como el estudio de las interacciones electromagnéticas llevan a pensar que la materia es esencialmente energía, y que la relación del agua con la vida es parecida a la historia del huevo y la gallina.
¿Y quién fue primero?
Sabemos, por ejemplo, que el amoníaco se mantiene líquido a una temperatura de entre 33 y 78 grados a una atmósfera de presión, y que puede disolver en ese estado muchos compuestos orgánicos que liberan hidrógeno. ¿Y si la vida ocurriera antes que el agua? En Júpiter, por ejemplo, los satélites han detectado nubes de amoníaco. En Saturno, Urano y Neptuno también se ha detectado hidrógeno líquido. No es lo que buscamos, pero la ciencia es la historia de cosas que se encuentran buscando algo distinto.
En uno de sus artículos leo: “Las partículas no escogen actuar como actúan”. ¿Nosotros sí?
De hecho, somos mucho más predecibles de lo que nos gusta creer. Pero nuestra conducta también se ordena en curvas de distribución de probabilidades. Hay un experimento muy curioso que consiste en registrar el flujo de partículas a través de un fluido y comparar luego las curvas con la densidad del tráfico en carreteras o avenidas de una ciudad. Los paralelismos dan mucho que pensar.
¿Qué es la ciencia?
Como científico, me gustan las respuestas simples: ciencia es lo que hacen los científicos, del mismo modo que arte es lo que hacen los artistas y pensamiento, lo que hacen quienes piensan. Prefiero las definiciones empíricas a las dogmáticas, que son el sustrato de las religiones.
La ciencia puede prescindir de lo religioso. ¿También de lo ético?
Nadie investiga sólo para saber ‘qué’. Siempre hay un ‘por qué’, un ‘para qué’ o un ‘para quién’. Los periodistas científicos deben tener siempre claro este concepto. Cuando se discute sobre investigaciones con células madre, clonaciones y manipulación genética, no hay que olvidar el propósito de los avances y descubrimientos. Hay un ámbito muy poco explorado en cuanto a ética, que es el nanotecnológico. Las investigaciones y sus progresos avanzan a una velocidad muy superior a la de las reflexiones sobre por o para qué. Si creamos partículas invisibles de una millonésima de milímetro que pueden interactuar con células o moléculas de seres vivos, debemos plantear qué consecuencias se derivan de tal interacción. No es casualidad que entidades como Greenpeace empiecen a preguntarse ahora sobre la dirección en la que avanzan los progresos nanotecnológicos, con preocupaciones en torno a la bioacumulación de nanopartículas en el medio ambiente y su potencial toxicidad.
UNA CURVA SIN FIN La línea recta es la distancia más corta entre dos puntos, pero en la ciencia abundan más las curvas. En sus libros, Ball plantea que tanto la economía como las relaciones sociales, las leyes del mercado o la política se basan en reglas consensuadas. “Es el consenso, una decisión arbitraria, lo que determina las propiedades de casi todo cuanto investigamos. Sin embargo, las estrategias no suelen dar el fruto predecible; no podemos controlar los vaivenes económicos, como tampoco podemos controlar el crimen”.
¿Es posible que cuanto ocurre se deba más a interacciones sociales que a las propiedades naturales de la materia y sus fenómenos? Esta es la historia que más fascina a este periodista. En voz baja, Ball confiesa que, a su modo de ver, todo parte de unas estructuras que determinan la conducta de los seres humanos. “Es algo así como la fisiología de la sociedad”.
Su percepción se alimenta de la República de Platón, del nacimiento del método científico, de la identificación que Galileo, Descartes o Newton llevaron a cabo de la naturaleza como un mecanismo de sucesos sometido a estrictas leyes matemáticas, extensibles al propio ser humano y a su conducta. Ball invoca al pensador francés Auguste Comte y su sistema de la filosofía positiva, a Immanuel Kant, Henry Thomas Buckle y León Tolstoy, creadores de una “necesidad natural” según la que determinados fenómenos ocurren de manera inevitable. Y, por último, al azar. Un hombre de negocios londinense, John Graunt, proyectó tan lejos su afán de conocer y de predecir, que fue tomado por loco. Se dedicó a coleccionar datos sobre la mortalidad de la población hasta formular las primeras estadísticas de la historia. “Aunque astrónomo y matemático de oficio, Pierre-Simon Laplace también llegó a la conclusión de que las estadísticas sociales podían proyectarse por medio de una curva matemática de distribución de probabilidades”.