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Entrevistas

Genética

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Walter J. Gehring, biólogo molecular

"En biología, uno no puede hacer nunca predicciones"

Recién investido doctor honoris causa por la Universidad de Barcelona, este investigador suizo de 71 años despliega una profundidad abismal en sus conocimientos sobre los orígenes de la vida y la evolución de las especies. Habla de forma pausada y rotunda, midiendo la extensión de cada comentario como si tomara notas de una observación singular al microscopio, y habla poco porque sabe mucho. La entrevista toma forma de conferencia a cada pregunta, en cada reflexión.

Jordi Montaner | 9 de febrero de 2010

Darwin tuvo que dar la vuelta al mundo durante seis años para intuir que las cosas son infinitamente más complejas de lo que aparentan.
A mí me llevó tan sólo un instante: observar la eclosión de una mariposa partiendo del capullo urdido por una oruga y preguntarme el porqué de lo ocurrido.

Yo, de pequeño, lo adjudiqué a la morera con la que había alimentado a las orugas (me inculcaban que, para crecer, hay que comer)…
 [Sonríe] Aquel hecho insólito me llevó a plantearme, como investigador, algunos interrogantes sobre la metamorfosis y el desarrollo de los seres vivos. En ciencia es importante identificar el problema fundamental de lo que uno investiga. Yo quería sumergirme en el porqué y el cómo de la diferenciación celular. Primero me inicié en el estudio de las bases genéticas del desarrollo del patrón corporal de los metazoos. Después me puse a estudiar los fenómenos de transdeterminación en los discos imaginales de la mosca Drosophila melanogaster y elaboré una serie de predicciones en las que erré por completo.

Nadie es perfecto.
No sólo eso, sino que, en biología, uno no puede hacer nunca predicciones. Yo adopté la actitud de un ingeniero y, armado con una base de datos sustancial, deduje que la mosca requería más antenas de las que utilizaba, hasta que, asombrado, descubrí una mutación que transforma las antenas de la cabeza de la mosca en un par de patas medias. La naturaleza no obedece reglas lógicas. Suma peras con manzanas o naranjas; en muchos casos no actúa conforme a patrones predecibles.

De manera que procedió con cautela a su descubrimiento más importante: la secuencia homeótica.
La secuencia homeótica [homeobox] proporcionaba la clave para conocer las decisiones sobre el destino de la célula sobre el que tanto tiempo me había estado interrogando.

En los últimos años, los genes nos han brindado múltiples pistas sobre el origen de las especies, pero hay quien todavía piensa que los seres vivos son obra de un propósito divino.
En las últimas décadas no hemos hecho sino dar cuerpo a una idea que Darwin sólo alcanzó a esbozar, la de que la evolución transcurre de forma autónoma, azarosa, sin predeterminación. A través de años y, tal vez, siglos, se seleccionan organismos cada vez más perfectos (en el sentido de complejos) y capaces de adaptarse a un ambiente físico concreto. Los que mejor se adaptan prevalecen, y los que peor se adaptan se extinguen. Sería un plan cruel si fuera un plan, pero no lo es, no hay intención y, además, el ciclo transcurre con no pocas sorpresas.

UN SABIO DE LA VIDA Ajeno al escatológico juego de laureles y medallas, méritos y premios Nobel, Gehring dirige con humildad su laboratorio de biología celular Biozentrum de la Universidad de Basilea. Sin embargo, el relieve internacional de sus hallazgos y descubrimientos le lleva a recibir títulos honoríficos en múltiples rectorados. “Amo la vida académica y me gusta la comunicación con las demás universidades”, confiesa el sabio de Zurich, miembro de la Academia Nacional de las Artes y las Ciencias de Estados Unidos, la Royal Society londinense e instituciones de idéntico rango en Francia, Suecia y Alemania. Es autor de 250 publicaciones y ha sido citado en 22.000 artículos científicos.

Como investigador, Gehring es uno de los principales impulsores de la genética como especialidad científica. Doctorado en 1965, este científico descifró la secuencia homeótica, un conjunto de genes similares y claramente diferenciados que permanecen invariables a lo largo del proceso evolutivo; algo así como la primera huella de la existencia. Se conoce que esta secuencia controla el proceso de desarrollo del patrón corporal de casi todos los seres vivos, incluidos los seres humanos, y su descubrimiento ha resultado clave para interpretar el control genético del desarrollo embrionario.

Curioso por naturaleza, Gehring estudió, a finales del siglo pasado, la evolución de la visión en los animales, y llegó a la conclusión de que los rasgos morfológicos no explicaban per se el paso de un modelo de visión muy primitivo a otro más evolucionado. Fue entonces cuando especuló con la participación de los genes e identificó un gen clave en el desarrollo del sentido de la vista, el Pax6, al que debemos la fotorrecepción (sensibilidad a la luz), que arrastramos genéticamente desde que seres unicelulares muy primitivos (bacterias) desarrollaron la fotosíntesis. En palabras de Gehring, “estos datos sobre el origen monofilético de los ojos corroboran completamente las intuiciones que Darwin expresó en su Origen de las especies, hace 150 años”.


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