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Luca Tancredi Barone

Roma

Temblores, santos, especuladores y precariedad

Immota manet, “permanece inmóvil”. El lema latino de la ciudad de L’Aquila , la más afectada por un terremoto...

15 de abril de 2009

Luca Tancredi Barone, Roma

Immota manet, “permanece inmóvil”. El lema latino de la ciudad de L’Aquila (Los Abruzos), la más afectada por un terremoto de 6,3 grados en la escala de Richter, parece una burla frente a las montañas de escombros y las casi 300 víctimas que ha provocado el seísmo. Este mismo lema está plenamente arraigado en la cultura italiana, un país donde a menudo “todo cambia para que nada cambie”, como escribía Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su obra El gatopardo.


Ruinas provocadas por el terremoto
Lo que nunca parece cambiar en el país, con el mayor riesgo sísmico de Europa, es la actitud hacia las tragedias: ineluctable fatalismo. Ni siquiera la muerte de 27 niños y su maestra en un colegio colapsado tras otro terremoto en 2002 (San Giuliano di Puglia) resultó en un cambio de talante. Este seísmo provocó una gran indignación cuando se supo que los responsables de la tragedia habían proyectado, autorizado y construido ilegalmente la segunda planta del edificio derrumbado. Curiosamente, e El pasado 26 de febrero dichos responsables sólo fueron condenados a leves penas de entre 2 y 6 años, después ser absueltos en primera instancia. Entre los culpables se encontrauentraba el entonces alcalde, que en la catástrofe perdió a una hija.

A pesar de las consecuencias del terremoto de entonces, las normas que obligarían a construir edificios antisísmicos en zonas de alto riesgo (el 70% del país) se encuentran en régimen de prorroga desde 2001. Esta demora ya había sido denunciada a principios de este año por el ingeniero Alessandro Martelli, responsable de la sección Prevención de los riesgos naturales de ENEA (la entidad nacional de energía, ambiente y nuevas tecnologías). Martelli pidió al ministro de Ambiente que el gobierno no retrasara más la fecha de aplicación de las leyes aprobadas después del terremoto de 2002. La última prórroga se dio precisamente en diciembre del año pasado: hasta 2010.

Material barato y de mala calidad

La demora de las nuevas normas es una buena explicación al derrumbamiento ruinoso, en L’Aquila, de  edificios públicos como el Hospital San Salvatore. El 90% de este edificio resulta hoy inhabitable. NiResulta que no tenía ni siquiera tenía permiso de apertura, y la constructora que lo entregó, Impregilo, una de las más grandes en Italia, sigue acumulando acusaciones de corrupción y atentados contra el medio ambiente. Otros edificios públicos han resultado también gravemente afectados: la Casa del Estudiante, donde murieron siete jóvenes y hubo cuatro desaparecidos, o el tribunal de la ciudad.

La mayoría de edificios dañados en L’Aquila, así como de todo el país, se han edificado ilegalmente con material barato y de mala calidad. Este tipo de construcciones hacen que, por supuesto, la mafia y los constructores saquen provecho de tragedias como ésta. Según la prensa italiana, en lugar de la arena de cantera, los constructores utilizan a menudo arena de playa, mucho más barata y que con el paso del tiempo carcome el hierro.

La política italiana nunca ha combatido seriamente la construcción de viviendas abusivas. Cuando la lucha por la ilegalidad no es una prioridad, resulta difícil culpabilizar a alguien de estas tragedias. Mucho más cómodo es encomendarse a los santos (según los diarios, el protector lo de los damnificados por un terremoto es Sant’Emidio). Y más en un país donde el movimiento para la beatificación de un probado embaucador como Padre Pío se transformó en un lobby que consiguió presionar con éxito al Vaticano.

Falsas previsiones

El santo, por ahora, lo es Giampaolo Giuliani, técnico sin licenciatura que colabora con laboratorios de investigación y que ha sido transformado por la prensa en una Casandra desoída. Utilizando cuatro sensores de gas radón, éste hombre había previsto un seísmo para el día 29 de marzo en una zona 60 km al norte de L’Aquila. Las autoridades le habían denunciado por sembrar una alarma injustificada, y le obligaron a quitar de la página web su previsión. Tan pronto los voluntarios empezaran a excavar heroicamente entre los cascotes para encontrar supervivientes, la prensa le construyó un framing (como diría el lingüista George Lakoff) de víctima.

Cualquier arma se convirtió en buena para echar toda la culpa al jefe de la Protección Civil (nombrado por Berlusconi) Guido Bertolaso,, un personaje “que siempre va en chándal, con una camiseta azul como si jugara  en la selección nacional, lleno de medallitas, un tío  muy activo, muy gímnico”, como le describe con eficacia el periodista independiente Marco Travaglio. Bertolaso  personaje siempre vestido en ch ándal que había tildado a Giuliani de “imbécil”. Quizá Bertolaso no sea una persona agradable. Aun así, todos los científicos del  mundo ratifican que los terremotos no se pueden prever. Si bien el radón es considerado desde hace años un buen indicador del estrés de las rocas, o seaes decir, de la presión originada por el movimiento de las placas tectónica,  éste es incapaz “de prever ni el 60%, el 40% o hasta el 20% de los seísmos”, como afirma el geólogo Ralph J. Archuleta, del departamento de ciencias de la tierra de la Universidad de California en Santa Bárbara.

En Italia, personajes como éste ganan popularidad con la ayuda de periodistas y de una clase política ignorante en ciencia. El precedente más conocido fue el de Luigi di Bella, sedicente oncólogo que al final de los noventa provocó incluso una crisis política (empujada por la derecha) por ofrecer a sus pacientes una cura (ineficaz) contra el cáncer. Todavía hoy hay gente que lo considera una víctima de las corruptas industrias farmacéuticas y del “sordo” sistema médico.

“¡Caray! No me imaginaba algo así”, dijo Berlusconi cuando visitó las zonas golpeadas por el seísmo, en uno de sus escasos momentos de humanidad y antes de pronunciar uno de sus más inoportunos chistes. Quizás debería decir lo mismo al descubrir que la investigación geofísica no recibe casi ninguna financiación del estado, y que el 40% de la plantilla del Istituto Nazionale di Geofisica e Vulcanologia (INGV) está constituido por investigadores con contratos precarios. Y todo esto pasa en un país que, con sus terremotos, nunca immota manet.

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Comentarios

       
1 comentario

mon 10/09/2010
muy mal

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