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La biodiversidad, un bucle perverso

La gestión medioambiental no tiene Norte. Políticos, economistas, periodistas, ecologistas, publicistas, comerciantes, ingenieros y filósofos hablan de cambio climático, sostenibilidad y biodiversidad sin ton ni son. Para celebrar el Día de la Tierra, el Institut d’Estudis Catalans (IEC) dio voz a dos de las figuras más relevantes de la ciencia medioambiental, Carlos Montes y Ramon Folch. Ambos son discípulos, a su vez, de dos figuras míticas de la ecología en este país: Fernando González Hernández y Ramon Margalef.

Jordi Montaner | 10 de mayo de 2010


Foto: DIego  López Román
Carlos Montes, responsable del Laboratorio de Sociecosistemas adscrito al Departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid, dio a su conferencia un título provocador: Mitos, leyendas y modas en la gestión de la biodiversidad. Vivimos, según este investigador, inmersos en el Antropoceno, una etapa evolutiva en la que los humanos debemos discernir el papel que corresponde a las especies en peligro de extinción y a los espacios protegidos. La economía manda, sus crisis condicionan todas las demás crisis. Montes asegura que la crisis económica es sólo la punta de un iceberg que oculta una crisis mucho mayor: la de la gestión del planeta. “Puesto que hay que pagar por conservar, estamos obligados a decidir qué biodiversidad estamos conservando y para qué”. La biodiversidad, asegura, no sólo tiene un valor, sino también un precio. Sólo a través de tasas (o impuestos) de biodiversidad podremos garantizar determinadas supervivencias.

La inercia del proceso de agotamiento planetario, en todo caso, es nefasta. “Paul Ehrlich y sus colaboradores se equivocaron en sus estimaciones de 1981, pero tenían razón: estamos agotando los recursos naturales; hay un límite, un tope, una fecha de caducidad”. Plantas y animales se extinguen a un ritmo de 27.000 especies por año, 72 por día, 3 por hora. Sin embargo, reflexiona Montes, a la ciencia no le interesa tanto cuántas especies se extinguen, sino cómo lo hacen. Ocurre, explica, que la globalización es mucho más que una moda. “Estamos modificando los procesos ecológicos esenciales que determinan el funcionamiento global de nuestro planeta”. Los cambios son cada vez más rápidos, intensos, universales y traumáticos. Operan a escalas de tiempo y espacio mucho mayores que las de los cambios de la variabilidad natural. “Hemos modificado los ritmos naturales del cambio climático. Las cosas ya no son lo que eran, ya no son lo que parecen”.

No es que no haya café para todos, sino que, por no haber, no hay ni agua potable En opinión del ecólogo, la historia constata que una economía mundial basada en los principios del liberalismo capitalista comporta un crecimiento sin límites, ignorando que las fuentes de energía o de agua potable se destruyen a un ritmo mucho mayor del que se crean. Las economías están sumidas en una ‘mercadolatría’ que no respeta los límites biofísicos del planeta. El desarrollo de tecnologías inasumibles hace escasos años invita a pensar que los seres humanos podemos desacoplarnos del plan natural (la ‘tecnolatría’). Las redes mundiales de comunicación y finanzas crean un ajetreo que acarrea cambios profundos en las estructuras del sistema, marcados por una mercantilización de los bienes públicos y un desequilibrio demográfico. Pese a las crisis, el sistema impulsa un consumo per cápita creciente (‘consumomanía’) y obvia una pérdida grave de diversidad cultural, de memoria socioecológica. “Todo se homogeneíza, hay una fragmentación de los paisajes y cambio del régimen natural de perturbaciones. Las sorpresas que aún nos depara la naturaleza puede que no sean todas buenas”.

Suscribe Montes que la crisis ecológica no es, de hecho, un problema ecológico, sino humano. “Estamos llamados a aprender cómo vivir bajo un modelo económico sin límites en un planeta limitado”. El crecimiento económico degrada los ecosistemas y su biodiversidad es puesta en jaque. “La respuesta es, a veces, torpe, como en el caso de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, cuya ‘biofilia’ ha dado pie a una filosofía de conservación secuestrada”. Las áreas protegidas no pueden proteger la biodiversidad que las inspiró; son una excepción contra una regla. Las administraciones creen cumplir con su cometido mediante la creación de un centenar de áreas protegidas por año, pequeños reductos que delatan la falta de un gran acuerdo social. “Son medidas necesarias, pero no suficientes”. Montes citó a Albert Einstein: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.

Montes también criticó que se dé prioridad a las especies vistosas y raras, “bajo una motivación más propia de las películas de Disney que del criterio científico”. Puso el ejemplo de Doñana, donde los mayores esfuerzos se centran en la conservación del lince ibérico, mientras se ignora que es también el hábitat de un arácnido único y endémico en vías de extinción, “la única araña herbívora del planeta”. “No hay conservación sin desarrollo, ni desarrollo sin conservación”, afirmó, y añadió que las buenas políticas ambientales deben basarse en datos científicos sólidos. Puso el ejemplo de la mayor ecoauditoría del planeta llevada a cabo hasta hoy, siguiendo una iniciativa de Naciones Unidas.

Fue rotundo en sus expectativas: “Si el calentamiento global acapara titulares hoy, la degradación de los ecosistemas lo hará mañana”. En el futuro, el planeta ya no se dividirá en ideologías de izquierdas o de derechas, según Montes, “sino en aquellos que aceptan los limites ecológicos y los que no”. Corresponde ahora a los científicos la delicada misión de evaluar la cantidad de cambio que el sistema puede soportar sin colapsarse.

Una fábrica de incertidumbre

Ramon Folch (titular de la Cátedra de Metatecnia Ambiental y Socioecologia del Instituto Catalán de Tecnología de Barcelona), lejos de contestar las tesis provocadoras de Montes, abundó en su estrategia y su tono asegurando que “el PIB mata”. Como las clásicas viñetas de Arquimboldo, lo mostrado no es lo que aparenta. “A mayor injusticia social, peor biodiversidad, y viceversa”.

Para Folch, lo preocupante no es que seamos demasiados, sino que es imposible que todos podamos vivir igual. No es que no haya café para todos, sino que, por no haber, no hay ni agua potable. “Los hechos son los hechos, y la realidad es su percepción”. Criticó que no haya rigor en el conocimiento de la realidad por parte de sus gestores y que se confundan a menudo los términos. “El valor de un ser vivo es absoluto, el precio es relativo”. Se proponen muchos frentes de unión a favor de la naturaleza y contra el sistema actual, pero no hay un modelo a seguir que sea realista. “No es que estemos de parte de la naturaleza, sino que somos parte de ella”. Folch diferenció los “retos categóricos” de las “alarmas anecdóticas”, criticando que las alarmas anecdóticas suelan sacarse de contexto: “No somos una Sociedad del Conocimiento, sino de la Información”.

El cambio climático, subrayó, es un reto categórico, “al igual que los modelos energéticos a los que atenernos”. Según este experto, “el petróleo se acabará, y no es algo que planteen los ecologistas, sino la propia industria (según un informe de Shell Oil); la fecha estimada es el año 2020”. Como las ratas o las palomas, somos una especie-plaga, “pero pesamos sólo 300 millones de toneladas, una miseria”. Suponemos la misma biomasa que las hormigas, pese a que por cada ser humano hay un millón de hormigas. Lo peor, insistió, no es que seamos demasiados, sino que gastamos demasiada energía.

Juzgamos los problemas cambiando la escala, sin advertir que la escala no la da el tamaño, sino el carácter de los fenómenos, de los acontecimientos. Por ejemplo, muy pocos aplausos acompañaron el broche de las jornadas. Era noche de Champions y muy pocos asistentes aguardaron hasta pasadas las 10 de la noche. Pero la contundencia de los dos conferenciantes imprimió al debate de la sostenibilidad una energía poco habitual, casi un derroche.

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