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Luca Tancredi Barone

Roma

Astronomía sin barreras

En el planetario de Roma se explica la ciencia para que todo tipo de públicos disfruten. Ya hay un espectáculo para los sordos, y pronto también los ciegos podrán disfrutar del vibrante cielo estrellado

6 de abril de 2010

Luca Tancredi Barone | Roma


Foto: Camilla  Ferrari
Ahora que tanto la región como el ayuntamiento de Roma están dirigidos por representantes de la derecha (hacía más de 20 años que no pasaba), es el mejor momento para que hablemos de los años fascistas. Quizá no sea cierto que los trenes llegasen puntuales, como suelen decir las personas mayores nostálgicas, pero entonces Italia poseía el planetario más avanzado del mundo tras el de Alemania.

A finales de los años 20, el gobierno alemán, acuciado por las deudas de la Primera Guerra Mundial, entregó a Italia como pago de guerra una joya que el gobierno fascista, sorprendentemente, supo reconocer: un flamante aparato de Carl Zeiss, la principal empresa alemana de instrumentos ópticos y de precisión.  Así se levantó el primer planetario de Roma (y de Italia), inaugurado en 1928 por el mismo Mussolini. En Jena (Alemania) se había construido el primer planetario del mundo ya en 1923.

Hoy en día este instrumento es el único planetario Zeiss que queda de todos los que la empresa alemana construyó. Hasta 1983 se podía admirar en la esplendida Sala Octogonal de las Termas de Diocleciano, que acogía el planetario de la capital italiana. Hoy es visible en la entrada del Museo de la Civilización Romana, donde reabrió el nuevo planetario de Roma 21 años después de su cierre. El nuevo y moderno planetario ocupa 300 metros cuadrados, con una cúpula de 14 metros de diámetro, y cuenta con un moderno proyector óptico automático fabricado en Francia.

Sin embargo, algo ha cambiado en estas décadas en la forma de contar historias sobre el cielo estrellado. Stefano Giovanardi, astrofísico que trabaja en el Planetario de Roma, explica que “hace años, el planetario se consideraba un mero instrumento didáctico para explicar el  movimiento de los cuerpos celestes”. Igual que ocurre en muchos otros campos de la comunicación, el modelo top-down de trasmisión del conocimiento (desde arriba, desde el científico sabio hacia el pueblo por medio de un comunicador experto) se ha modificado también en el campo astronómico. “Para nosotros, el planetario es un instrumento para narrar el cielo. A través de nuestros espectáculos, intentamos crear el ambiente adecuado para dejar aflorar la emoción durante nuestra observación del cosmos”, continúa Giovanardi.

De momento, el Planetario de Roma ofrece alrededor de 60 espectáculos, pensados para públicos diferentes. Dos tercios de los cerca de 100.000 visitantes anuales son estudiantes. En 2009 el número de visitantes aumentó un 9%, aunque el Planetario haya salido de la clasificación de los primeros 10 museos científicos italianos por número de visitas.

“Es obvio que también hay un elemento didáctico: no se puede prescindir de él. Sin embargo, no nos interesa tanto la completitud sino mantener un hilo narrativo”, zanja Giovanardi. “No apostamos por el 'efecto guau': somos conscientes de que estamos haciendo una operación cultural. La astronomía entra en la vida de todos, como una película o el fútbol”.

El último fin de semana de marzo, a propósito de una iniciativa de sensibilización sobre el cambio climático del World Wide Fund for Nature (la Earth hour), los cuatro chicos que se encargan de los espectáculos del planetario romano tomaron literalmente la calle y, ante la Fontana de Trevi, dieron una clase de astronomía callejera. “No hubo la oscuridad que esperábamos”, explica Gabriele Catanzaro, geólogo convertido a la astronomía. “Sin embargo, conseguimos explicar a los curiosos los daños de la contaminación lumínica”. No es el único ejemplo de espectáculo para el que los responsables científicos del planetario se mudan a la calle: el pasado octubre se desplazaron hasta Campo dei Fiori. Bajo la estatua de Giordano Bruno (el primero que habló de planetas extrasolares y que por sus ideas fue condenado a la hoguera por la Inquisición), había un telescopio y un músico medieval. “La verdad es que si consigues enganchar a gente de todas las edades con una curva de luz, puedes hablar de todo”, observa Catanzaro.

Con toda probabilidad, la idea más interesante del Planetario es la de involucrar a ciegos en un espectáculo. Catanzaro explica: “Empezamos organizando un espectáculo para sordos. La idea es crear un espacio sin barreras, ni arquitectónicas ni mentales, o al menos con las mínimas barreras posibles. Así el espectáculo es disfrutable por todos. Como no queríamos ralentizar el ritmo para traducir el texto al lenguaje de los signos, inventamos un nuevo espectáculo. Y experimentamos la idea de utilizar un trapo y guantes blancos que resalten en la oscuridad para que se puedan ver, pero sin estropear el cielo estrellado”. Refiriéndose al reto de involucrar a los invidentes, añade: “Estamos estructurando este trabajo en dos partes. Primero, organizando un recorrido interactivo por el museo, con modelos planetarios que se puedan tocar y que devuelvan sensaciones diferentes según el material, para dar la idea de planetas gaseosos o sólidos, o de los diferentes colores. Y luego estamos preparando pequeñas cúpulas de relieve de un metro de diámetro que les daremos [a los invidentes] para que puedan seguir el espectáculo junto con todos los demás. Habrá también unas fotos con textos en Braille que podrán hojear durante la charla”

Amelia Ortiz Gil, del Observatorio Astronómico de la Universidad de Valencia, es precisamente coordinadora de un grupo de trabajo dirigido a personas con discapacidades. “También nosotros desarrollamos un proyecto llamado El cielo en tus manos”, explica la astrónoma. “Consiste en un espectáculo grabado con una banda sonora en cinco canales, transmitidos por siete altavoces distribuidos sobre la cúpula. Durante el recorrido a través de objetos celestes y constelaciones se asocia a cada una de ellas un sonido emitido por el altavoz más cercano a su posición. De esta forma, el invidente puede crearse un mapa mental de las posiciones y a la vez seguir con las manos sobre una esfera táctil la forma de las constelaciones y su luminosidad, obtenida según el tamaño de los relieves”. Hay también proyectos astronómicos en línea (en inglés, castellano y italiano) explícitamente pensados para invidentes.

En el fondo, es la curiosidad lo que mueve a Catanzaro y a sus colegas. “Yo no sabía que los sordos no tienen signos para distinguir entre galaxia, cúmulo de galaxias o cúmulos estelares. Y es un reto para nosotros encontrar la forma de explicarlo. También, un ciego de nacimiento no tiene la idea de profundidad: por eso hemos tenido que inventar un sistema para comunicar este concepto”.

A este respecto, hay un grupo de astrónomos franceses que está trabajando para "inventar" nuevos signos astronómicos para sordos. Como explica uno de los inventores de este diccionario, Dominique Proust, estos signos se podrán utilizar a nivel internacional. “Además de signos para las 88 constelaciones, hemos propuesto conceptos para Andrómeda, Orión, etc., y también para objetos como los cuásares, los pulsares y toda la cosmología”, explica.

Quizá el deseo de Gabriele Catanzaro pueda hacerse realidad: “Sueño con un espacio publico acogedor y que pueda hablar a todo el mundo”.

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