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Mónica G. Salomone

Madrid

Donde nace la ciencia

Señoras y señores, estoy donde nace la ciencia. ¡En el laboratorio!, dirán algunos. ¡En la curiosidad humana!, añadirán los románticos. No. Es decir, sí, claro, la ciencia nace de la curiosidad. Pero esta vez hablemos de algo más prosaico: hablemos de donde nace la ciencia que se ve, la que llena los periódicos.

23 de febrero de 2010

Mónica Salomone | San Diego

Señoras y señores, estoy donde nace la ciencia. ¡En el laboratorio!, dirán algunos. ¡En la curiosidad humana!, añadirán los románticos. No. Es decir, sí, claro, la ciencia nace de la curiosidad. Pero esta vez hablemos de algo más prosaico: hablemos de donde nace la ciencia que se ve, la que llena los periódicos. Estoy en el lugar donde nace la 'narración' de la ciencia. Es la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la AAAS, léase 'la triple a-ese': la mayor asociación científica del planeta, con unos 130.000 miembros individuales o institucionales, creada en 1848 y editora de la revista Science.

En ésta, su 176 reunión anual, hay 147 simposios y decenas de charlas temáticas y plenarias a los que asisten miles de científicos de más de 50 países. Se habla de casi todo lo imaginable: inteligencia de los delfines, biocombustibles, residuos nucleares, videojuegos en  las matemáticas, alimentos transgénicos, cáncer, genómica, cambio climático, viajes en el tiempo. Al empezar el día conviene decirse a uno mismo, en tono animoso e invitante: ¡Pasen y vean! Lo del tono es importante para superar la propia angustia, cuando uno interioriza que estar en dos sitios a la vez sólo es posible en el mundo cuántico (por mucho que se hable de viajes en el tiempo). Por tanto, sí. ¡Sí! Admitámoslo de antemano: nos perderemos declaraciones importantes, no será posible cubrirlo todo, la noticia se escapará por una esquina mientras perseguimos por la otra una falsa alarma y, encima, cuando cansados y rendidos (derrotados) lleguemos al cóctel, los brownies se habrán acabado o los camareros estarán recogiendo. En resumen: estoy donde todo reportero de ciencia sueña con estar.

Y justo de eso trata esta corresponsalía: de que esto está lleno de periodistas. ¿Qué tiene eso de malo? Nada, por supuesto (exceptuando la competencia brownie). Pero da que pensar, pensar en hasta qué punto esta importante reunión se hace para los científicos (para que se alimenten de ideas, charlen en los pasillos, pongan cara a los correos electrónicos) o para la versión pública de la ciencia. Para la narración de ésta. Y se podría ir un paso más allá: para la definición de lo que vale la pena ser considerado prioritario.
 
Veamos. Ayer hubo una docena de actos para periodistas, algunos simultáneos: ruedas de prensa o comidas informativas, entre otros. Cada uno de ellos obliga a los científicos convocantes a elaborar su mensaje. Ello implica que una colección de trabajos y hallazgos deben acabar conformando un titular y formar parte de un concepto que antes no existía, y que se materializa en palabras comprensibles por el público. Además, estos estudios aspiran a ser 'vendibles'. Así nace, bienvenida sea, la versión pública de la ciencia.
 
Es cierto que no es un fenómeno social exclusivo de la AAAS. Es más, se produce cada vez que un investigador cuenta su historia. Pero en esta reunión alcanza su máxima expresión. De cada rueda de prensa del encuentro emerge un hilo narrativo que acabará amplificado por press releases, agentes de prensa, agencias de noticias, radios, televisiones, podcasts, Facebook o Twitter, es decir, entretejido en la maraña de informaciones que llenan la mente colectiva mundial. Con suerte, bendecido por el prestigio de la AAAS y la profesionalidad de los jefes de prensa, ese mensaje acabará por calar, por convertirse en conocimiento más o menos asentado, así como por generar polémica o cambiar actitudes.
 
En las ruedas de prensa de ayer se habló, entre otras cosas, de cultivo de algas como biocombustibles, residuos nucleares, contaminantes ambientales y cáncer de mama. También las hubo de polvo atmosférico y cambio climático. Además, responsables de algunas de las principales academias de ciencias, la Royal Society británica y la National Academy of Sciences entre ellas, debatieron sobre la transparencia de la investigación, como en el caso reciente del climategate. En cualquiera de estos actos pueden suceder varias cosas: que los científicos den con términos que se ajustan muy bien a la realidad, y así lo transmitan; que los científicos no lo logren, pero sí los periodistas; que los científicos 'estiren' sus conclusiones para hacerlas más atractivas; o que eso mismo lo hagan los periodistas.
 
En los primeros dos casos se podría decir: ¡perfecto! El mensaje correcto llega al público y todos contentos. Los casos tercero y cuarto son igualmente claros, pero en sentido contrario; todo el mundo coincide en que inflar la ciencia trae malas consecuencias. Vayamos, sin embargo, a un paso previo al tratamiento de la información científica: su oferta a los medios de comunicación. ¿Por qué se seleccionan unos temas y no otros? ¿Son objetivamente los asuntos 'más importantes' hoy en día? Es muy difícil responder a esa pregunta. Se podría decir: es lo que interesa al público. Y la respuesta sería, entonces: al público no le interesa lo que no sabe que existe. El eterno círculo vicioso, por supuesto.
 
De lo que no cabe duda es de que las instituciones científicas públicas y privadas; el sector asociado a la innovación y, desde luego, los propios científicos, son cada vez más conscientes de la importancia de generar una narración de la ciencia, una versión pública de ésta, acorde con sus intereses. Nada en contra por mi parte. Pero me sigue pareciendo importante distinguir entre la ciencia y su narración pública. Sólo eso.

Comentarios

       
1 comentario

gtfyrrde 06/04/2011
hfoffdjhodfulruiñxio

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