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Luca Tancredi Barone

Roma

¿Una pandemia imaginaria?

Alguien ha destapado el complot: la pandemia de gripe A sólo ha sido un gran engaño para que Big Pharma cobrara aún más. Que levante la mano quien no creía que tarde o temprano iba a leer esta noticia. Como era de esperar, alguien lo suficientemente acreditado dijo recientemente algo muy parecido, y todos los medios (sin más) se han unido alegremente al complot.

5 de febrer de 2010

Luca Tancredi Barone | Roma


Foto: Marco A. Garcia
Alguien ha destapado el complot: la pandemia de gripe A sólo ha sido un gran engaño para que Big Pharma cobrara aún más. Que levante la mano quien no creía que tarde o temprano iba a leer esta noticia. Como era de esperar, alguien lo suficientemente acreditado dijo recientemente algo muy parecido, y todos los medios (sin más) se han unido alegremente al complot.

La persona que sostuvo abiertamente esta teoría es Wolfang Wodard, médico de la SPD (partido socialdemócrata alemán) y presidente de la comisión de Sanidad del Consejo de Europa. Entre otras cosas, Wodard indicó que, para promover sus fármacos y vacunas patentados contra la gripe, “las farmacéuticas influenciaron a científicos y agencias oficiales” y “han expuesto a millones de personas sanas al riesgo de los muchos efectos colaterales de vacunas no testadas suficientemente”. Por todo ello, ha solicitado que la Organización Mundial de la Salud (OMS) se presente el día 26 de enero ante el Consejo, para ofrecer explicaciones.

Es evidente que hay intereses económicos desmesurados en la emergencia  (verdadera o supuesta) de la pandemia. Sin embargo, en una recién entrevista sobre su último libro, el médico y filosofo del University College London, Paolo Vìneis, señalaba: “A estas alturas, es un reto comprender hasta qué punto el mercado condiciona las elecciones de la comunidad médica”. Y expone el ejemplo de la gripe A: “La anterior experiencia de la gripe aviar, la de un virus [H5N1] muy letal pero escasamente contagioso, hizo temer que la porcina [H1N1] pudiera ser a la vez muy contagiosa y muy letal. Sin embargo, las predicciones no se han cumplido: la pandemia se ha desinflado y la virulencia es inferior a la de los virus estacionales. Nos encontramos ante una dificultad predictiva típica de la medicina contemporánea, caracterizada por una incertidumbre constante […] Hay demasiada vacilación sobre cómo deberían haberse desarrollado los hechos: ¿y si hubiéramos tenido una verdadera pandemia letal? ¿No habríamos acusado a las empresas productoras de vacunas, los gobiernos y la OMS de no haber actuado con tempestividad? Me gustaría advertir sobre la ‘filosofía de la sospecha’ a sentido único, que sólo ve ‘un plan del capital’ y subestima las dificultades objetivas”.

Pese a estas ponderadas reflexiones, la casi totalidad de los medios ha acogido con entusiasmo la cruzada. Sobre todo los medios izquierdistas. El mismo Wodard y miles de sitios web mantienen que la OMS ha modificado la definición de ‘pandemia’ con el fin de respaldar los intereses ocultos de las farmacéuticas (en teoría se hizo para desligar el concepto de ‘gravedad’ de una enfermedad, antes de poder declararla ‘pandémica’). Y es cierto: con esta emergencia sanitaria, las cotizaciones de Big Pharma han subido significativamente (aunque menos de lo esperado).

De todos modos, que la OMS haya extraído el criterio de ‘gravedad’ para la declaración de una pandemia es falso. Por una sencilla razón: es muy complicado evaluar en poco tiempo la mortalidad de una nueva enfermedad. La semana pasada lo repitió por enésima vez, en rueda de prensa web, Keiji Fukuda, asesor especial para la pandemia de la gripe de la directora general de la OMS: “La historia nos dice que el impacto de las pandemias puede ser desde leve a muy grave”. En efecto, dijo, hoy se puede confirmar que el impacto de la gripe A ha sido modesto. Fukuda anticipó también que la Organización revisará toda su estrategia desde el primer momento hasta hoy, y que se harán públicos los resultados.

De hecho, desde el punto de vista comunicativo, el proceder de la Organización ha sido ejemplar, tanto que algunos organismos públicos deberían tomarlo como referencia para casos de emergencia. “Cuando hay una emergencia de sanidad pública”, declaró la directora de la OMS Margaret Chan, “los responsables de la salud pública deben tomar decisiones urgentes, a menudo con consecuencias a largo plazo, en una atmósfera de incertidumbre científica considerable”. Y comunicarlo puede ser difícil. En un recién artículo en la revista Jcom, el periodista y estudioso de comunicación Yurij Castelfranchi mantiene la buena ejecución de la OMS respeto a la comunicación del riesgo. Ha evitado “una trasmisión de informaciones excesiva y unidireccional” y ha llevado a cabo “un estricto control sobre la difusión para evitar el pánico”, lo que ha favorecido “prácticas comunicativas centradas en la transparencia y en la escucha del público”.

Quizás la pregunta más interesante sea otra: ¿por qué, pese a los esfuerzos de transparencia de la OMS, existen en el mundo (y especialmente en Italia) tantas personas dispuestas a creer falsedades sobre la gripe? En Cataluña se dio el famoso caso de la monja Teresa Forcades, a la que se alude en El País de ‘monja-bulo’. Mezclando con sabiduría y elocuencia medias verdades con mentiras (quizás de forma inconsciente), ésta ha ejercido un atractivo imparable sobre cualquier persona que no tenga mucha confianza en las farmacéuticas. Otro ejemplo, la finlandesa Rauni Kilde, sedicente ex ministra de sanidad (sólo fue médica de provincias), hablaba de encuentros con alienígenas y de complot mundial de las farmacéuticas sobre la gripe porcina, para forzarnos a vacunarnos y, como consecuencia, matarnos.

El movimiento antivacuna, que ya es muy fuerte en Italia, se alimenta de estas teorías: sólo se vacunaron 900.000 personas (sobre 58 millones de habitantes). Roma ordenó 24 millones de dosis, de las que sólo se han entregado 10,  con un coste de 184 millones de euros. Según un sondeo, el 97% de los encuestados se muestra del todo contrario de la vacuna de la gripe A. Sin embargo, y como consecuencia de la alarma, el 53% ha cambiado sus hábitos higiénicos. Por último, según el 71% de la población, la campaña informativa se ha caracterizado por un alarmismo excesivo e interesado.

Pero en Italia hay un factor de desconfianza añadido. Aquí, las recomendaciones de transparencia de la OMS no llegan. El contrato que el ministerio firmó con Novartis incorpora la condición de secreto de estado, como si fuera una alarma terrorista (el italiano es el único caso en el mundo). Una revista consiguió publicarlo recientemente, pero con muchas omisiones. Pero incluso con estas lagunas se evidencia que las condiciones impuestas por la empresa son excesivamente onerosas. Si a todo esto le sumamos que la misma mujer del ministro, Enrica Giorgetti, es directora general de Farmindustria, la asociación de empresas farmacéuticas italianas, ¿qué debemos pensar?

Este hecho no hace más que renovar una larga tradición de connivencia y corrupción de la sanidad italiana, como Nature subrayó en 2008. El ministro de sanidad, Maurizio Sacconi, garantiza que la inversión ha sido justificada, “como cuando se construyen las casas antisísmicas”, y que el gasto va a ser menor de lo previsto, aunque no se haya comprometido a revisar el contrato. De todos modos, la polémica sobre los costes y las condiciones se ha destapado. No me extraña que luego la gente no esté dispuesta a confiar en estas instituciones.

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