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Había una vez una célula

David Mateos, 2º Accésit Premio El·lipse de Divulgación Científica, en categoría obra escrita

28 de enero de 2010

Había una vez una célula que se debatía entre destinos enfrentados. A diferencia de la mayoría de las células, que tenían un solo destino marcado (convertirse en una célula del hígado, en un glóbulo rojo o, incluso, en una célula de las que hay dentro de la nariz, de ésas a las que les crece un pelo), esta célula tenia muchísimas posibilidades. Vivía en la medula espinal y, según como decidiera dividirse, podía convertirse en una célula roja de la sangre, en un glóbulo blanco, en una plaqueta o en una célula del sistema inmune. Incluso, si no quería todavía convertirse en ningún tipo celular determinado, podía seguir dividiéndose eternamente y mantener su estado indiferenciado. Esta capacidad de dar lugar a tantas células diferentes le hizo ganarse el apodo de ‘célula madre’.

Pero la pluripotencia no hacía feliz a nuestra célula. Estaba cansada de continuar dividiéndose sin decidirse a qué tipo celular dar lugar, pero, por otro lado, no acababa de entender muy bien las diferencias entre los diferentes tipos de células de la sangre que existían potencialmente en ella. “Las plaquetas tienen gran importancia en la coagulación sanguínea”, recitaba de memoria de algo que había leído en wikicell, cuando el cuerpo que ahora habitaba era apenas un embrión y todas las células recibían la formación necesaria para su futuro. Pero ¿cómo escoger ese destino de forma permanente, renunciando al resto de puertas abiertas, sin haber sido nunca una plaqueta y sin entender realmente lo que significaba esa nueva vida en el día a día? Intentó a menudo preguntárselo a algunas de las plaquetas de su alrededor, pero éstas eran muy tímidas y no se atrevían a hablar con las células madre, por las que sentían un gran respeto. Tampoco obtuvo respuesta de los glóbulos rojos, los cuales sentían cierta envidia de sus capacidades.

Un día, agotada de tanta indecisión, nuestra célula madre decidió donar su cuerpo a la ciencia, creyendo que así su destino quedaría sellado para siempre. Cuál sería su sorpresa al ver que, una vez fuera del cuerpo y ya en su nuevo hogar, una placa de Petri (muy confortable, por cierto), sus posibles destinos eran aun mayores, ¡infinitos!, de hecho. En manos de los investigadores, la célula aprendió que no sólo podía diferenciarse en todos los tipos celulares a los que podía haber dado lugar en el cuerpo, sino que, además, con los nutrientes adecuados que le proporcionaban los científicos en su placa, podía convertirse en tipos de célula con los que nunca habría soñado… “Podría ser una célula del ojo, y ver increíbles paisajes”, se imaginaba la célula. “Aunque ser un espermatozoide también tendría su gracia”, sonreía para sí misma.

Ya no le importaba en qué tipo de célula se convertiría. Ahora no era solamente pluripotente, sino totipotente, podría ser cualquier cosa. Parecería que esta amplitud de opciones debería angustiar aun más a nuestra pequeña célula, pero, irónicamente, su nueva situación la liberó. Sabía que fuera cual fuera su futuro, no sería decisión suya, sino de los científicos, y que su vida tendría un sentido que iba más allá de sí misma, que podría dar vida, curar a enfermos. Pensó que su nombre, ‘célula madre’, no sería nunca más tan sólo un apodo que le pesaba y le hacía sentirse diferente a las demás, sino un nombre pronunciado con afecto por los humanos a los que ayudaría, un nombre que le hacía sentirse especial, privilegiada.

La célula cerró sus poros y respiró, feliz.

Celulón
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