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Mónica G. Salomone

Madrid

El último adiós a la nave 'Rosetta'

Hay expresiones hechas, acuñadas por alguien ingenioso y después mil veces repetidas, que aparecen una y otra vez en los textos que divulgan un hecho científico.

16 de noviembre de 2009

Mónica Salomone, Madrid

Hay expresiones hechas, acuñadas por alguien ingenioso y después mil veces repetidas, que aparecen una y otra vez en los textos que divulgan un hecho científico. Un clásico: los cometas, esos cuerpos cuya órbita les lleva a través del Sistema Solar para acercarles en algún momento al Sol, nos ayudarán a entender la historia del propio Sistema Solar (cómo se formó y a partir de qué materiales).


ESA/C.Carreau
Se recurre tanto al concepto que hasta la Agencia Europea del Espacio (ESA, de European Space Agency) ha bautizado como ‘Rosetta’ a la misión que estudiará en profundidad un cometa. Es la primera, de hecho, que incluye el aterrizaje de una pequeña sonda en uno de estos cuerpos viajeros para acompañarle en su viaje hacia el Sol. Y ‘Rosetta’, claro, hace referencia a la piedra de Rosetta que ayudó a descifrar los jeroglíficos del antiguo Egipto. En este caso, el misterio a desvelar es el del origen de nuestro barrio cósmico. Pero ¿por qué tienen los cometas la clave de esa pregunta?

Confieso aquí que, cuando por fin lo supe, sentí ese cosquilleo de descubrimiento personal que tanto describen los científicos, por supuesto a pequeña y modestísima escala. Aunque también hubo un pinchazo de molestia. ¿Por qué en los artículos de divulgación caemos en el timo de la falta de espacio y tiempo? Cualquiera puede discrepar de esta autocrítica, pero ahí va: en realidad, casi siempre recurrimos a los conceptos ya acuñados para ocultar el gran agujero interno que supone el no haber hecho la pregunta correcta, el no haber pensado un poco más para poder identificar lo que no sabemos. El resultado es…  la anticiencia. Y el antiperiodismo. El punto en el que ciencia y periodismo se tocan (o uno de ellos) es justamente ése: la capacidad de hacer buenas preguntas.

Pero esta incursión en el ‘metaperiodismo’ de temas de ciencia es sólo un pensamiento infiltrado. ¡Lo que yo quería aquí era despedir a la nave ‘Rosetta’! Veamos: ¡Lectores metidos en su quehacer cotidiano! ¡Trabajadores estresados! ¡Viajeros de transporte público que llegan tarde! Sepan todos que el pasado 13 de noviembre, a las 8:45 de la mañana, la nave europea ‘Rosetta’ se acercó a la Tierra por tercera y última vez antes de adentrarse en las profundidades del espacio y dirigirse a su cita, dentro de unos cuatro años, con el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko. ¿Nos cambia la vida este hecho? Claramente, no. Pero ¿no es una maravilla que la trayectoria de una nave lanzada hace más de cinco años pueda ser definida con tanta precisión? La gravedad es una ley poderosa. En el juego de billar de nuestro Sistema Solar bastaría con saber la posición y la velocidad exacta de cada cuerpo para trazar su trayectoria en el futuro.

En su punto de máximo acercamiento a la Tierra, ‘Rosetta’ sobrevoló el sur de la isla de Java, en Indonesia, a una velocidad de 13,34 kilómetros por segundo respecto a la superficie, y a 2.481 kilómetros de altura. En el centro de operaciones de la nave, el Centro Europeo de Operaciones Espaciales (ESOC) de la ESA, en Darmstadt (Alemania), no ocurrió nada especial en el momento clave. Ni aplausos ni abrazos de los ingenieros. Todo había sido planificado al milímetro semanas antes y la comunicación con la nave (vía la antena de espacio profundo de la ESA en Nueva Norcia -Australia-) indicaba un desarrollo perfecto. A las 9.05, otra antena en Maspalomas (Gran Canaria) confirmaba el sobrevuelo.

‘Rosetta’ obtuvo con esta operación un empujón gravitatorio de 3.6 kilómetros por segundo. Es el cuarto impulso de este tipo que recibe, tras otros dos con la Tierra y uno con Marte. Ahora le quedan 2.600 millones de kilómetros para alcanzar su objetivo, que recorrerá en su mayor parte en estado de hibernación. En julio de 2010, cuando atraviese el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, será despertada para observar el asteroide 21 Lutetia. Una vez en su destino final, ‘Rosetta’ entrará en órbita de 67P/Churyumov-Gerasimenko y lanzará un módulo de aterrizaje de unos 100 kilos de peso, equipado con nueve instrumentos científicos, que se enganchará al núcleo helado del cometa. Durante los siguientes dos años, el aparato espacial, que lleva once instrumentos a bordo, y su módulo de aterrizaje estudiarán el cometa en su viaje hacia el Sol.

Y no he dicho, después de todo, por qué los cometas son tan importantes para entender el origen del Sistema Solar. La ESA explica: “Como son los objetos más primitivos del Sistema, su composición química no ha cambiado mucho desde su formación y, por tanto, preservan un registro de la composición del Sistema Solar primigenio”. Vale, pero ¿qué significa que son los objetos más primitivos?

He aquí la respuesta que tanto me gustó en su día. Los cometas están formados por material helado volátil, lo que en sí mismo demuestra que se han mantenido a grandes distancias del Sol y a baja temperatura. Eso significa también que no les ha ocurrido como a los planetas terrestres, víctimas de impactos de todo tipo que han hecho que se fundieran y solidificaran en varias ocasiones, con las consiguientes transformaciones químicas. No. Los cometas se han mantenido en una nevera que ha preservado su composición química tal y como era hace 4.600 millones de años, cuando los planetas aún no existían y sólo una vasta nube de asteroides y cometas orbitaban en torno al Sol recién nacido. Vienen a ser, por tanto, un pedacito de la nebulosa original, o casi.

Lo dicho. Saberlo no cambia nada la vida cotidiana, pero es bonito. ¿O no?
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